Estamos rodeados por tóxicos.

Entendemos por tóxicos aquellas sustancias químicas que nos pueden dañar al entrar en contacto con nosotros en las cantidades que encontramos habitualmente en nuestro entorno. Se consideran sustancias tóxicas las que pueden acumular toxinas en el cuerpo y dañar por sí solas, pero también aquellas que pueden dañar al unirse a otras con las que contactamos normalmente.

Son miles las sustancias químicas de este tipo que ingerimos, respiramos o aplicamos a nuestra piel… La gran mayoría sin analizar, o sin estudiar su efecto acumulativo, o sin conocer la acción tóxica de su exposición al combinarse con otras.

El cuerpo está en contacto constantemente con miles de sustancias que no existen en la naturaleza y que han sido sintetizadas quimicamente por el hombre en los últimos 100 años. Disponemos de sistemas excelentes del mismo organismo para eliminar los residuos tóxicos a través de hígado, riñón, intestino grueso y piel, pero dichos sistemas no están capacitados para eliminar la elevada cantidad de nuevas sustancias sintéticas que recientemente contactan con nosotros.

Una misma sustancia puede ser considerada peligrosa o tóxica por un organismo oficial, o bien, considerada sin riesgos para la salud o no tóxica por otro organismo. Además, son miles las sustancias que no han podido ser estudiadas.

La prueba más demostrativa de nuestra contaminación.

La prueba irrebatible son los análisis realizados en orina y diversos tejidos en la población, y también en placenta, mostrando que la gran mayoría de nosotros tenemos en nuestro cuerpo sustancias químicas consideradas tóxicas, ya prohibidas o aún permitidas. Los niveles elevados de mercurio y otros metales tóxicos en sangre total son muy frecuentes en personas con síntomas y procesos persistentes muy diversos.

Por otra parte, los análisis en alimentos también nos indican que un porcentaje elevado de frutas, verduras y hortalizas contienen tóxicos, aunque los alimentos más contaminados son los grasos por la contaminación de los piensos para animales: carnes grasas, embutidos, pescados grasos, lácteos, huevos… no ecológicos.

Consecuencias de esta exposición constante.

Las consecuencias de esta toxicidad constante son graves, aunque no se le dé mucha importancia. Esta gran cantidad de sustancias que se encuentran en nuestro interior son estructuras químicas no reconocidas por los sistemas biológicos del cuerpo que pueden:

  • Causar respuestas anormales del sistema inmunitario.
  • Conducir a la inflamación crónica de bajo grado, silenciosa (da pocos síntomas), sistémica (por todo el cuerpo) y descontrolada, y ser un desencadenante de enfermedades crónicas como el cáncer y las enfermedades autoinmunes en articulaciones, piel, tiroides, intestino, hígado, pulmón, ojos… y cualquier otro órgano.
  • Además de ser causa frecuente de trastornos neurológicos, alteraciones hormonales y metabólicas, infertilidad, abortos… etc.

El que se manifiesten o no dichos procesos en una persona dependerá de varios factores:

  • la combinación de tóxicos con los que contacta,
  • el grado de exposición,
  • la exposición asociada a campos electromagnéticos (radiaciones),
  • los niveles y el equilibrio de micronutrientes básicos,
  • la capacidad antioxidante, antiinflamatoria y detoxificante del organismo y
  • la predisposición genética, incluida la “facilidad genética” para eliminar moléculas tóxicas.

Los tóxicos son estimulantes de la oxidación-inflamación, y una de las principales causas del descontrol inflamatorio asociado a los trastornos y enfermedades crónicas comunes de la sociedad actual.


Estas sustancias químicas interfieren con las hormonas del cuerpo (disruptores endocrinos) y también aumentan la permeabilidad intestinal y con ello las sensibilidades alimentarias, como son la sensibilidad a proteínas lácteas y de cereales (ver artículos correspondientes). Estimulándose todavía más la inflamación en los tejidos.

Como consecuencia de sus efectos pueden ocasionar en el ser humano trastornos y enfermedades tan diferentes como: fatiga, reacciones alérgicas, dermatitis, ansiedad y conducta agresiva, problemas de comportamiento, síndrome de fatiga crónica, fibromialgia, desordenes del sistema neuroinmunológico, anemia, daño hepático, subfertilidad masculina y femenina, malformaciones del feto, afectación de las hormonas tiroideas y sexuales, diabetes, obesidad, problemas cardiovasculares, deterioro de las capacidades cognitivas, autismo, TDAH, impulsar el crecimiento del cáncer (mama, próstata, testículo…) siendo una causa de su manifestación a edades cada vez más tempranas, enfermedades autoinmunes, daño cerebral y enfermedades neurológicas (demencia, Alzheimer, Párkinson…)…, etc.

En la práctica clínica, únicamente con eliminar los tóxicos y mejorar la capacidad detoxificante del organismo ya se observan mejorías considerables de estos síntomas y patologías.

Está dmostrada la asociación entre el aumento del consumo de alimentos procesados con el aumento del riesgo de obesidad y de síndorme metabólico y también con el de cáncer.

En  muchas poblaciones el aire es tóxico, debido a que contiene un exceso de partículas microscópicas muy dañinas producidas por los vehículos, barcos y aviones, las industrias, las incineradoras de residuos… o porque provienen de otras ciudades empujadas por corrientes de aire… Estas partículas dañinas provocan inflamación en los pulmones, traspasan los alveolos pulmonares, interfieren en el intercambio pulmonar de oxígeno y CO2, penetran en la sangre, producen aumento de la oxidación e inflamación en el organismo, e incrementan la incidencia de enfermedades respiratorias, cardiacas, vasculares (ictus…), cancerosas… y la mortalidad. Se calcula que la contaminación causa en Europa 399.000 muertes.

¿Dónde se encuentran los tóxicos?

El cuerpo recibe estas sustancias químicas tóxicas a partir de:

  • Tóxicos consumidos: tabaco, alcohol, drogas, algunos fármacos, algunos aditivos…
  • Moléculas tóxicas producidas en la manipulación de los alimentos.
    Los procesados: térmico, deshidratación, irradiación, ionización, curado…,
    la cocción: fritos, tostados, horneados, asados, brasas, parrillas muy hecho…,
    y el almacenado en determinadas condiciones; transforman proteínas, carbohidratos y grasas en unas moléculas tóxicas y extrañas para el organismo. Además de eliminar las enzimas de los alimentos y reducir los micronutrientes básicos.
    La cocción cambia la estructura de proteínas, aminoácidos, azúcares y aceites, convirtiéndolos en moléculas proinflamatorias y procancerígenas, como por ejemplo los AGE (productos finales de la glicación) y los ácidos grasos trans. 
  • Contaminantes de los alimentos. Los tóxicos por contaminación industrial como metales tóxicos (mercurio, cadmio…), dioxinas y PCB; pesticidas y abonos; residuos de fármacos y hormonas; tóxicos de materiales de envases de plástico, latas y utensilios de cocina (antiadherentes…), como el bisfenol A (BFA) y los ftalatos; los tóxicos que migran de los recipientes de plástico calentados o con alimentos calientes… Algunos aditivos añadidos a los alimentos procesados, almacenados, precocinados, congelados y envasados. También el cloro del agua de grifo.

Los alimentos más contaminados son los más grasos: embutidos, carnes grasas, pescados grasos, lácteos enteros, postres lácteos, huevos… no ecológicos.


  • Contaminantes de productos para el cuidado personal. Parabenos (conservantes), ftalatos, triclosan, DEA, derivados del petróleo, bloqueadores solares, mercurio, plomo, aluminio… son tóxicos comunes en los productos utilizados: para piel, ojos, labios y uñas, como desodorantes y antitranspirantes, antes y después del afeitado, como cosméticos capilares incluidos los tintes, en perfumería, para la higiene bucal y dental, en el bronceado y la protección solar, como depilatorio y para el aseo corporal (jabones, champú, aceites…).
  • Contaminantes ambientales. Los tóxicos e irritantes exteriores producidos por: combustión de vehículos, transporte marítimo y aéreo, industrias, incineradoras de residuos… y los interiores producidos por: productos de limpieza (lejía, salfumán, amoniaco…), retardantes de fuego, plaguicidas para insectos, productos de oficina (cartuchos, toner, solventes, papel térmico…), ambientadores, incienso, velas perfumadas, quemadores de aceites, fragancias, emanaciones de diversos materiales y aparatos como los tóxicos que liberan muchas pinturas, barnices, aglomerados, fotocopiadoras… Burbuja de contaminación atmosférica de las ciudades, puertos y aeropuertos, produce partículas microscópicas muy dañinas como: óxido de nitrógeno, ozono troposférico, dióxido de azufre…
  • Metales incorporados al cuerpo, mediante: amalgamas , implantes, prótesis, tatuajes, piercings… Especialmente el mercurio. Ante una enfermedad crónica: metabólica (diabetes, tiroides…), neurológica, psíquica, autoinmune, cáncer…, tener siempre presente el mercurio de las amalgamas dentales (metálicas), incluso si ya han sido extraídas.
  • Efecto combinado de estas sustancias químicas exógenas. Cada sustancia por separado puede no sobrepasar el límite considerado seguro. Sin embargo, la acción tóxica proviene del efecto aditivo y sinérgico de varias sustancias químicas de muy diversas procedencias.

En el próximo blog explico como evitar los tóxicos y también como podemos mejorar la capacidad detoxificante del cuerpo.


En las personas con procesos crónicos no será posible mejorar su evolución mientras persista una exposición a tóxicos.

© 2017 Dr. F. Cardona


  • El objetivo de este blog es ayudar a mejorar la evolución y calidad de vida de las personas con enfermedades persistentes, de difícil curación. Sus contenidos se basan en mi experiencia clínica durante 40 años de práctica médica y las investigaciones de estudios publicados que he realizado junto con otros expertos.