¿De donde proviene el virus SARS-CoV-2? Me resisto a creerlo, pero la evidencia es cada vez mayor de la filtración del virus SARS-CoV-2 desde un laboratorio de guerra biológica. Los ingenieros genéticos pueden lograr que coronavirus que infectan a pocas especies, como el murciélago, infecten a humanos, interfieran con el sistema inmune y se trasmitan más fácilmente por el aire. Son mutantes “mejorados” para “biodefensa”. Esto se consigue en laboratorios secretos, y funcionarios advirtieron incumplimientos en los procedimientos de seguridad en uno de estos laboratorios de los coronavirus del murciélago, con posible riesgo de producir una pandemia. Ni las administraciones ni otras organizaciones hicieron caso de las advertencias.

Por otra parte, las características estructurales que presenta el virus SARS-CoV-2 hacen sospechar  que no haya evolucionado ni mutado naturalmente de ningún coronavirus,  Además, los síntomas y la afectación que produce el SARS-CoV-2 en el organismo, como la infección de vasos sanguíneos y promoción de coágulos, no parecen pertenecer a los de formas naturales de coronavirus, que son mucho mas benignos. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que muchos científicos de renombre opinan que este virus no pudo ser diseñado en un laboratorio.

El virus SARS-CoV-2 podría comportarse de distinta manera a otros coronavirus que conocemos, pero no es tan dañino como parece, y podríamos estar mas protegidos por el sistema inmune de los que pensamos. Lo que realmente le hace dañino es que se transmite fácilmente en una población con muchos factores de riesgo. El porcentaje de personas fallecidas únicamente por la COVID-19 es muy pequeño, mas del 90% restante padecía patologías conocidas que contribuyeron a su muerte. El número de fallecidos en relación al número de infectados podría ser bajo (inferior al de la gripe), pero el número de considerados fallecidos por el virus por millón de habitantes es elevado. El virus SARS-CoV-2 irá mutando y podría ser tanto o mas contagioso, pero probablemente será cada vez menos agresivo.

La gran mayoría de personas que se contagian no presentan síntomas, o bien, estos son ligeros. Las personas que se agravan, y tienen que ser ingresadas, presentan varios de los siguientes factores de riesgo de mala evolución de la COVID-19 y de cualquier infección, en parte debido a la alteración de las mitocondrias (“motores” de energía de las células) y del sistema inmunitario que implican:

  • Edad avanzada, debido a la senescencia del sistema inmune, que implica un descenso de su capacidad de reconocer, alertar y destruir los patógenos, y ocasionar un estado proinflamatorio.
  • Obesidad, principalmente la obesidad abdominal o exceso de grasa visceral. Una persona puede no parecer obesa, pero lo es al tener un perímetro de cintura superior a 88 cm si es mujer y de 102 cm si es hombre.
  • Hipertensión arterial, no influyendo el tipo de fármaco utilizado.
  • Glucemias elevadas, hemoglobina glicosilada (mide las subidas de azúcar de los últimos 3 meses) elevada.
  • Inflamación crónica de bajo grado y estrés oxidativo, ocasionados por varias causas, pero especialmente por una alimentación proinflamatoria y prooxidante. Un parámetro indicador de inflamación es la proteína PCR de alta sensibilidad elevada (no es la prueba PCR para COVID).
  • Ferritina elevada, o exceso de hierro.
  • Fibrinógeno elevado, factor de riesgo de hipercoagulación.
  • Función hepática alterada. Por ejemplo, por hígado graso (esteatosis hepática) que padece el 25% de la población.
  • LDH elevada, parámetro que indica daño en los tejidos.
  • Sueño no reparador por: dormir pocas horas, despertarse a menudo, dormir con luz o ruido, tener el horario cambiado… El déficit de melatonina podría ser uno de los responsables.
  • Exceso de ejercicio físico para la persona sin el aporte de la micronutrición adecuada.
  • Enfermedad crónica: cardíaca, respiratoria, neurológica, hepática, renal, intestinal, inmunodeficiente, autoinmune… o de otro tipo, especialmente si hay dos o mas patologías, disfunción mitocondrial y un mal control del exceso de oxidación e inflamación con niveles reducidos de glutation.
  • Tomar varias medicaciones de forma prolongada, especialmente las que afectan a las mitocondrias y deprimen al sistema inmune. Estar polimedicado.
  • Presentar insuficiencias y desequilibrios de micronutrientes básicos: vitaminas activas (incluidas las vitaminas A, C, D, K2 y grupo B), minerales esenciales, factores vitamínicos (coenzima Q10, ácido lipoico), ácidos grasos omega 3 y 6, aminoácidos básicos; insuficiencias que al contrario de lo que se piensa, son muy frecuentes en la población. Por ejemplo, los niveles bajos de vitamina D incrementan el riesgo de infección por el virus SARS CoV-2 (y de dar positivo en la PCR), así como, de hospitalizaciones, enfermedad grave y muerte por este virus; y la administración de vitamina D mejora la evolución de los pacientes con COVID-19, el riesgo de complicaciones y de muerte. Y lo mismo ocurre con otros micronutrientes básicos.
  • Presentar exceso de tóxicos en su organismo: tabaco, alcohol, drogas, fármacos, contaminantes ingeridos (alimentos procesados, alimentos grasos no ecológicos…), inhalados (ambientales) o por contacto, metales tóxicos como mercurio y aluminio…
  • Estar expuesto a un exceso de radiaciones electromagnéticas: móviles, Tablets, ordenadores, antenas de telefonía móvil, wi-fi, algunos sistemas de iluminación, trasformadores, microondas… y especialmente la tecnología 5G. Pueden afectar al sistema inmune, activar virus latentes, empeorar la evolución de patologías crónicas, entre otros efectos.

Además, debe tenerse en cuenta el importante papel que tiene la microbiota: comunidad de microorganismos interconectados que trabajan juntos en equilibrio como un todo, como un organismo comunitario que reside en distintas localizaciones: microbioma de boca, laringe, nasal, estómago, intestino delgado, intestino grueso, uretra, vagina, conjuntiva, la piel de una región…; con una gran simbiosis entre las células del cuerpo y sus bacterias, no siendo posible entenderlas por separado: las bacterias tienen genes que codifican proteínas y catalizan reacciones en el metabolismo celular. Si se rompe este equilibrio, pueden predominar virus y hongos. Virus y patógenos (incluyendo parásitos) que permanecen latentes, pueden reactivarse con el SARS CoV-2 (por ejemplo el virus Ebstein-Barr). La interactuación de distintos virus y patógenos en una microbiota desequilibrada es lo que puede causar una infección más grave.

La combinación de varios de los factores mencionados afecta al sistema inmunitario, aumenta la infectividad y replicación de los virus (sea el SARS-CoV-2 u otro tipo), y favorece que se produzca un exceso de inflamación (tormenta inflamatoria), un daño en la hemoglobina liberándose hierro, neumonitis química (no infecciosa sino tóxica), hipoxia en todos los tejidos (debido a que la hemoglobina ha perdido su capacidad de unirse al oxígeno), daño y coágulos en vasos sanguíneos, coagulación intravascular diseminada, y diversos daños en los órganos, especialmente pulmones, seguido de corazón, hígado y riñón. El uso de respiradores en estos pacientes empeora el pronóstico (fallecen la mayoría de los tratados con ellos), siendo más efectivo el tratamiento con otras técnicas, incluida la oxigenoterapia con cánulas nasales a bajo flujo. Con ozonoterapia ya tenemos evidencia de eficacia en estos pacientes.

Todos estos daños comentados pueden dejar secuelas posteriores, como fibrosis pulmonar, cardiopatías, neuropatías, insuficiencia adrenal y alteraciones en otros órganos. Cuanto mayor el daño y la agresividad del tratamiento aplicado, mayor la probabilidad de secuelas y patologías derivadas, aunque también se dan en personas afectadas leves. Tanto la infección viral como los fármacos aplicados afectan a las mitocondrias de diversos tejidos, lo que puede alterar funciones orgánicas y dar debilidad muscular, fatiga y también disnea.

Sin la combinación de varios de los factores de riesgo mencionados, resulta mucho más difícil que las infecciones respiratorias causen estos efectos devastadores en el organismo y también que provoquen síntomas y secuelas posteriores.

Una persona puede ser considerada sana y sin riesgos, pero cuando se estudia adecuadamente resulta que presenta varios de estos factores. Por ejemplo: insuficientes vitaminas D, K2, C y B12, magnesio y zinc, o ferritina elevada, o hígado graso, o perímetro de cintura elevado, o trabajar en lugar contaminado y con radiaciones y presentar un exceso de tóxicos, o realizar un exceso de ejercicio sin complementar adecuadamente, o presentar una microbiota alterada… Implicando que al contagiarse su evolución sea desfavorable y/o que presente secuelas.

Muchos de estos factores de riesgo causantes de mala evolución de las infecciones no se tienen en cuenta. Deberían considerarse y actuar sobre ellos o no conseguiremos vencer realmente a esta pandemia ni a las que vengan a continuación, ni tampoco a las epidemias de enfermedades crónicas que ya estamos padeciendo y de las que se habla poco, aunque son causa de mucha mayor morbilidad y mortalidad: obesidad, diabetes, cardiopatías, EPOC, esteatosis hepática, demencia, patologías autoinmunes, cáncer… etc.

Todos esperan el descubrimiento del fármaco que mate a este virus. Pero los virus mutan, y aparecen otros nuevos, y el fármaco “descubierto” se aprobará mediante estudios cuestionables, o dejará de ser efectivo, o no actuará en ciertas formas o etapas de la enfermedad, o podría tener efectos peores que la propia infección en ciertos pacientes. Los fármacos utilizados actualmente presentan toxicidad mitocondrial, aumentan el riesgo de cardiopatías y, estoy convencido que también de secuelas. Además, los tratamientos farmacológicos no solo no solucionan los factores de riesgo, sino que los acentúan, son tóxicos y agravan el desequilibrio micronutricional y la disfunción mitocondrial. Naturalmente que el médico necesita armas para actuar en situaciones agudas con el paciente seriamente comprometido, pero si no atenúa su toxicidad y corrige factores de riesgo, los daños ocasionados en el paciente pueden conducir a muy diversos trastornos y patologías. Los fármacos realmente eficaces para sacar adelante al paciente en situación critica siguen siendo los mismos de siempre: corticoides, antibióticos y anticoagulantes; y serían todavía mas eficaces y menos tóxicos si se asociaran a conjuntos micronutricionales.

No es posible un fármaco curativo milagroso, siempre serán moléculas extrañas al cuerpo, que pueden mejorar parámetros o funciones, pero empeoran otros, especialmente cuando se combinan varios fármacos. Una infección no se vence solo inhibiendo o matando al patógeno. Para evitar consecuencias (incluido el exceso de respuesta inflamatoria) y que no se repita, siempre debe restaurarse la capacidad de la persona para superar dicha infección, lo que implica mejorar la función mitocondrial y respuesta inmune. La única forma de curar una enfermedad es hallar y solucionar sus causas, además de neutralizar los efectos dañinos de los fármacos que ha sido necesario administrar, utilizando solo los imprescindibles.

Está investigándose el tratamiento con anticuerpos de amplio espectro purificados a partir del plasma de personas infectadas por el virus SARS-CoV-2, con el fin de neutralizarlo y producir inmunidad al administrarlo por vía subcutánea. Este enfoque de tratamiento es muy interesante y podría ser eficaz para mejorar la evolución clínica de pacientes infectados, con pocos efectos secundarios.

Todos esperan la vacuna que salve a la humanidad.  Pero las primeras vacunas son aprobadas a través de un proceso acelerado, sin una vigilancia adecuada, ni evaluación correcta de efectos secundarios, ni haber completado la fase 3 de ensayos clínicos. Los ensayos de esta forma no exponen si puede tener efectos genéticos dañinos, como ha ocurrido ya con otras vacunas utilizadas, causantes de trastornos graves. Las personas genéticamente predispuestas a la autoinmunidad podrían ser de las mas afectadas por la nueva vacuna. Los coadyuvantes que se incorporan a las vacunas con diferentes funciones ya se ha demostrado que pueden presentar efectos adversos.

Una nueva vacuna que se ha creado en poco tiempo no utiliza virus vivos o atenuados, sino ARN por primera vez. Tecnología nueva que inyecta ARN (molécula que expresa el mensaje genético) con el fin de instruir a las células del cuerpo para empezar a producir la proteína espiga (Spike) del virus SARS-CoV-2 y así estimular la producción de anticuerpos. Es decir, estamos ante un virus nuevo que no conocemos bien, se utiliza una técnica nueva y se ha desarrollado la vacuna en meses. Si se comercializa una vacuna, debe mostrar evidencia clara de que:

  • reduce el número de personas portadoras del SARS-CoV-2 asintomáticas que pueden contagiar, es decir, protege de transmitir el virus,
  • reduce el riesgo no solo de síntomas, sino de casos graves, hospitalización y muerte en las personas con factores de riesgo,
  • produce buena respuesta inmunitaria en personas de más de 65 años,
  • no puede provocar una patología más grave, por una respuesta inmunitaria anormal (por ejemplo una reacción inmune exagerada cuando la persona vacunada se expone al virus), y
  • es segura en personas mayores, niños, mujeres fértiles, mujeres embarazadas, personas inmunodeprimidas y las que padecen procesos alérgicos y autoinmunes;

evidencias que necesitan años de investigación y seguimientos, completando los ensayos clínicos de fase 3, resultando imposible lograrlas en meses. Si puedo elegir, prefiero una vacuna basada en el propio virus, pero atenuado, no virulento, y administrada por vía intranasal u oral, como la que se está desarrollando por el CSIC en España.

Por otro lado, la acción protectora de una vacuna se produce al activar al sistema inmune adecuadamente, y esto no es posible si este sistema no dispone de sus componentes en buenas condiciones, lo que depende del correcto aporte micronutricional básico (incluida la vit D) y la reducción de los factores de riesgo mencionados. Esta es una de las causas de falta de respuesta a vacunas de uso común en un porcentaje elevado de personas de edad avanzada, y también en todas las edades. Precisamente las personas teóricamente mas necesitadas de una vacuna para el SARS-CoV-2, podrían ser las que tuvieran una respuesta mas débil o defectuosa, si no se restablece su sistema inmunitario mediante micronutrición antes de administrarla.

Parece demostrado que las personas vacunadas de la gripe podrían ser mas vulnerables a la infección por otros virus no contenidos en la vacuna, incluidos los coronavirus, y se desconocen los efectos de administrar en la misma temporada las vacunas contra la influenza (gripe) y el SARS-CoV-2. Hay estudios mostrando que cuanto mayor es el porcentaje de vacunados para la gripe en el país mayor el número de muertes por COVID por millón de habitantes, lo que no significa ser la causa, pero hace preguntarnos si las personas vacunadas podrían tener mas riesgo de infectarse y fallecer por COVID. El virus SARS-CoV-2 probablemente desplace a otros virus como los del resfriado y la gripe, no produciéndose la epidemia habitual de virus respiratorios ni de la gripe. Los casos positivos de influenza han disminuido hasta casi desaparecer, incluso en los países del hemisferio sur, quizás porque es difícil que las células se infecten por mas de un virus a la vez, o por la medidas anticontagio que se toman, o por diagnosticar como COVID casos de gripe…?  Sin embargo, sanidad sigue recomendando la vacunación masiva contra la gripe.

Por último, decir que podría no ser tan necesaria una vacuna generalizada si:

  • se protegiera con medidas anticontagio adecuadas a las personas con determinados factores de riesgo,
  • se redujeran factores de riesgo en la población (como veremos en el siguiente artículo), y
  • se tuviera en cuenta que virus diferentes pueden inducir inmunidad entre ellos y la inmunidad colectiva a la COVID-19 podría producirse mas rápidamente de lo esperado, además de que con el tiempo la agresividad o patogenicidad del virus irá atenuándose, aunque las nuevas cepas o variantes del virus puedan ser mas contagiosas.