¿De donde proviene el virus SARS-CoV-2? Me resisto a creerlo, pero la evidencia es cada vez mayor de la filtración del virus SARS-CoV-2 desde un laboratorio de guerra biológica. Los ingenieros genéticos pueden lograr que coronavirus que infectan a pocas especies, como el murciélago, infecten a humanos, interfieran con el sistema inmune y se trasmitan más fácilmente por el aire. Son mutantes “mejorados” para “biodefensa”. Esto se consigue en laboratorios secretos, y funcionarios advirtieron incumplimientos en los procedimientos de seguridad en uno de estos laboratorios de los coronavirus del murciélago, con posible riesgo de producir una pandemia. Ni las administraciones ni otras organizaciones hicieron caso de las advertencias.

Por otra parte, las características estructurales que presenta el virus SARS-CoV-2 hacen sospechar  que no haya evolucionado ni mutado naturalmente de ningún coronavirus,  Además, los síntomas y la afectación que produce el SARS-CoV-2 en el organismo, como la infección de vasos sanguíneos y promoción de coágulos, no parecen pertenecer a los de formas naturales de coronavirus, que son mucho mas benignos. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que muchos científicos de renombre opinan que este virus no pudo ser diseñado en un laboratorio.

El virus SARS-CoV-2 podría comportarse de distinta manera a otros coronavirus que conocemos, pero no es tan dañino como parece, y podríamos estar mas protegidos por el sistema inmune de los que pensamos. Lo que realmente le hace dañino es que se transmite fácilmente en una población con muchos factores de riesgo. La tasa de letalidad (cuantos fallecen de los infectados) parece ser del 0,23% (equiparable a la de la gripe), y la edad promedio de personas fallecidas con COVID es de 82 años (por encima de la esperanza de vida). El porcentaje de personas fallecidas únicamente por la COVID-19 es muy pequeño, mas del 90% restante padecía patologías conocidas que contribuyeron a su muerte. El número de fallecidos en relación al número de infectados podría ser bajo, pero el número de considerados fallecidos por el virus por millón de habitantes es elevado. El virus SARS-CoV-2 irá mutando continuamente y podría ser tanto o mas contagioso, pero probablemente será cada vez menos agresivo si se deja mutar de forma natural.

La gran mayoría de personas que se contagian no presentan síntomas, o bien, estos son ligeros. Las personas que se agravan, y tienen que ser ingresadas, presentan varios de los siguientes factores de riesgo de mala evolución de la COVID-19 y de cualquier infección, en parte debido a la alteración de las mitocondrias (“motores” de energía de las células) y del sistema inmunitario que implican:

  • Edad avanzada, debido a la senescencia del sistema inmune, que implica un descenso de su capacidad de reconocer, alertar y destruir los patógenos, y ocasionar un estado proinflamatorio.
  • Obesidad, principalmente la obesidad abdominal o exceso de grasa visceral. Una persona puede no parecer obesa, pero lo es al tener un perímetro de cintura superior a 88 cm si es mujer y de 102 cm si es hombre.
  • Hipertensión arterial, no influyendo el tipo de fármaco utilizado.
  • Glucemias elevadas, hemoglobina glicosilada (mide las subidas de azúcar de los últimos 3 meses) elevada.
  • Inflamación crónica de bajo grado y estrés oxidativo, ocasionados por varias causas, pero especialmente por una alimentación proinflamatoria y prooxidante. Un parámetro indicador de inflamación es la proteína PCR de alta sensibilidad elevada (no es la prueba PCR para COVID).
  • Ferritina elevada, o exceso de hierro.
  • Fibrinógeno elevado, factor de riesgo de hipercoagulación.
  • Función hepática alterada. Por ejemplo, por hígado graso (esteatosis hepática) que padece el 25% de la población.
  • LDH elevada, parámetro que indica daño en los tejidos.
  • Sueño no reparador por: dormir pocas horas, despertarse a menudo, dormir con luz o ruido, tener el horario cambiado… El déficit de melatonina podría ser uno de los responsables.
  • Exceso de ejercicio físico para la persona sin el aporte micronutricional adecuado.
  • Enfermedad crónica: cardíaca, respiratoria, neurológica, hepática, renal, intestinal, inmunodeficiente, autoinmune… o de otro tipo, especialmente si hay dos o mas patologías, disfunción mitocondrial y un mal control del exceso de oxidación e inflamación con niveles reducidos de glutation.
  • Tomar varias medicaciones de forma prolongada, especialmente las que afectan a las mitocondrias y deprimen al sistema inmune. Estar polimedicado.
  • Presentar insuficiencias y desequilibrios de micronutrientes básicos: vitaminas activas (incluidas las vitaminas A, C, D, K2 y grupo B), minerales esenciales (incluidos magnesio, zinc, selenio), factores vitamínicos (coenzima Q10, ácido lipoico), ácidos grasos omega 3 y 6, aminoácidos básicos; insuficiencias que al contrario de lo que se piensa, son muy frecuentes en la población. Por ejemplo, los niveles bajos de vitamina D incrementan el riesgo de infección por el virus SARS CoV-2, así como, de hospitalizaciones, enfermedad grave y muerte por este virus; y la administración de vitamina D mejora la evolución de los pacientes con COVID-19, el riesgo de complicaciones y de muerte. El riesgo de fallecer por COVID es mayor en las personas con bajos niveles de omega 3. Y lo mismo ocurre con otros micronutrientes básicos. Por el contrario, el exceso de micronutrientes proinflamatorios, como el ácido linoleico (omega 6), aumentan la mortalidad por COVID.
  • Presentar exceso de tóxicos en su organismo: tabaco, alcohol, drogas, fármacos, contaminantes ingeridos (alimentos procesados, alimentos grasos no ecológicos…), inhalados (ambientales, glifosato…) o por contacto, metales tóxicos como mercurio y aluminio… Existe una clara relación entre el aumento del porcentaje de afectados por COVID-19 de una región con el incremento de los niveles de contaminación atmosférica (dióxido de nitrógeno…), un cambio adverso de las condiciones climáticas, y el ser zonas mas pobladas e industrializadas.
  • Estar expuesto a un exceso de radiaciones electromagnéticas: móviles, Tablets, ordenadores, antenas de telefonía móvil, wi-fi, algunos sistemas de iluminación, trasformadores, microondas… y especialmente la tecnología 5G. Pueden afectar al sistema inmune, activar virus latentes, empeorar la evolución de patologías crónicas, entre otros efectos.

Todos estos factores de riesgo están interrelacionados con la microbiota que tiene un importante papel en las infecciones y su evolución. La microbiota es una comunidad de microorganismos (bacterias, virus…) interconectados que trabajan juntos en equilibrio como un todo, como un organismo comunitario que reside en distintas localizaciones: microbioma de boca, laringe, nasal, estómago, intestino delgado, intestino grueso, uretra, vagina, conjuntiva, la piel de una región…; con una gran simbiosis entre las células del cuerpo y sus bacterias y virus, no siendo posible entenderlos por separado: las bacterias tienen genes que codifican proteínas y catalizan reacciones en el metabolismo celular. El ser humano es un ecosistema de células y microorganismos y si se rompe este equilibrio, pueden predominar virus y hongos patógenos. Virus y otros patógenos (incluyendo parásitos) que permanecen latentes, pueden reactivarse con el SARS CoV-2 (por ejemplo el virus Ebstein-Barr). La interactuación de distintos virus y patógenos en una microbiota desequilibrada es lo que puede causar una infección más grave.

Además, estos factores de riesgo, especialmente el estado micronutricional y los niveles de tóxicos y radiaciones, son decisivos para la epigenética y la expresión génica de la persona. Recientemente se ha demostrado que la dotación epigenética de la persona influye en la evolución de la COVID-19, y se han identificado variaciones epigenéticas, presentes en un elevado porcentaje de la población, en los pacientes que desarrollaban una evolución grave de la COVID-19. Las moléculas epigenéticas son un sistema de moléculas “por fuera” o “alrededor” del ADN que, mediante diversos mecanismos desactivan o activan en mayor o menor intensidad a los genes (expresión genética). Por ejemplo, influyendo en la expresión de genes asociados a excesiva respuesta inflamatoria y a un peor estado de salud. Pero afortunadamente, la expresión de los genes depende de las moléculas epigenéticas y estas, a su vez, dependen de factores como el aporte de micronutrientes, la exposición a moléculas tóxicas y radiaciones, la actividad física, el sueño, el estrés y el estado de ánimo, sobre los que podemos actuar eficazmente.

La combinación de varios de los factores de riesgo mencionados anteriormente afecta al sistema inmunitario (disregulación inmune sistémica), aumenta la infectividad y replicación de los virus (sea el SARS-CoV-2 u otro tipo), y favorece que se produzca lesión microvascular, hiperinflamación e hipercoagulabilidad, con exceso de inflamación en tejidos (tormenta inflamatoria), un daño en la hemoglobina liberándose hierro, neumonitis química (no infecciosa sino tóxica), hipoxia en todos los tejidos (debido a que la hemoglobina ha perdido su capacidad de unirse al oxígeno), daño y coágulos en vasos sanguíneos, coagulación intravascular diseminada, y diversos daños en los órganos, especialmente en tracto gastrointestinal y pulmones, seguido de sistema nervioso, corazón, hígado y riñón. El uso de sedación y ventilación mecánica (respiradores) en estos pacientes empeora el pronóstico (fallecen una mayoría de los tratados así porque no es un problema de fallo ventilatorio), siendo más efectivo el tratamiento con otras técnicas, incluida la oxigenoterapia con cánulas nasales a bajo flujo. Con ozonoterapia ya hay evidencia de eficacia en estos pacientes.

Todos estos daños comentados pueden dejar secuelas posteriores, como fibrosis pulmonar, cardiopatías, neuropatías, insuficiencia adrenal y alteraciones en otros órganos. Cuanto mas tarde se aplica el tratamiento correcto y cuanto mayor el daño y la agresividad del tratamiento, mayor la probabilidad de secuelas y patologías derivadas, aunque también se dan en personas afectadas leves. Tanto la infección viral como los fármacos aplicados alteran las mitocondrias de diversos tejidos, lo que puede alterar funciones orgánicas y dar debilidad muscular, fatiga y también disnea.

Sin la combinación de varios de los factores de riesgo mencionados, resulta mucho más difícil que las infecciones respiratorias causen estos efectos devastadores en el organismo y también que provoquen síntomas y secuelas posteriores.

Una persona puede ser considerada sana y sin riesgos, pero cuando se estudia adecuadamente resulta que presenta varios de estos factores. Por ejemplo: insuficientes vitaminas D, K2, C y B12, magnesio, zinc o selenio, o ferritina elevada, o hígado graso, o perímetro de cintura elevado, o trabajar en lugar contaminado y con radiaciones y presentar un exceso de tóxicos, o realizar exceso de ejercicio sin complementar adecuadamente… Factores responsables de variaciones epigenéticas que afectan la expresión de determinados genes, implicando que al contagiarse su evolución sea desfavorable y/o presente secuelas.

Muchos de estos factores de riesgo causantes de mala evolución de las infecciones no se tienen en cuenta. Deberían considerarse y actuar sobre ellos o no conseguiremos vencer realmente a esta pandemia ni a las que vengan a continuación, ni tampoco a las epidemias de enfermedades crónicas que ya estamos padeciendo y de las que se habla poco, aunque son causa de mucha mayor morbilidad y mortalidad: obesidad, diabetes, cardiopatías, EPOC, esteatosis hepática, depresión, demencia, patologías autoinmunes, cáncer… etc.

Todos esperan el descubrimiento del fármaco que mate a este virus. Pero los virus mutan, y aparecen otros nuevos, y el fármaco “descubierto” se aprobará mediante estudios cuestionables, o dejará de ser efectivo, o no actuará en ciertas formas o etapas de la enfermedad, o podría tener efectos peores que la propia infección en ciertos pacientes. Los fármacos utilizados actualmente presentan toxicidad mitocondrial, aumentan el riesgo de cardiopatías y, estoy convencido que también de secuelas. Además, los tratamientos farmacológicos no solo no solucionan los factores de riesgo, sino que los acentúan, son tóxicos y agravan el desequilibrio micronutricional y la disfunción mitocondrial. Naturalmente que el médico necesita armas para actuar en situaciones agudas con el paciente seriamente comprometido, pero si no atenúa su toxicidad y corrige factores de riesgo, los daños ocasionados en el paciente pueden conducir a muy diversos trastornos y patologías. Los fármacos realmente eficaces para sacar adelante al paciente en situación critica siguen siendo los mismos de siempre: corticoides, antibióticos y anticoagulantes; y serían todavía mas eficaces y menos tóxicos si se asociaran a conjuntos micronutricionales. En la COVID-19 es eficaz la budesonida (corticoide inhalado), añadiendo, si es necesario, dexametasona (corticoide oral), pero previniendo la depleción de glutatión que provoca mediante micronutrientes (glicina, N-acetilcisteína, Vit C, ácido R-lipoico).

No es posible un fármaco curativo milagroso, siempre serán moléculas extrañas al cuerpo, que pueden mejorar parámetros o funciones, pero empeoran otros, especialmente cuando se combinan varios fármacos. Muchos nuevos fármacos se dirigen a proteínas del cuerpo (proteínas diana) para conseguir su acción, pero estas proteínas tienen su función, a menudo desconocida, en otros lugares del organismo. Una infección no se vence solo inhibiendo o matando al patógeno. Para evitar consecuencias (incluido el exceso de respuesta inflamatoria) y que no se repita, siempre debe restaurarse la capacidad de la persona para superar dicha infección, lo que implica mejorar: los niveles de glutatión, la función mitocondrial y la respuesta inmune. La única forma de curar una enfermedad es hallar y solucionar sus causas, además de neutralizar los efectos dañinos de los fármacos que ha sido necesario administrar, utilizando solo los imprescindibles.

Está investigándose el tratamiento con anticuerpos de amplio espectro purificados a partir del plasma de personas infectadas por el virus SARS-CoV-2, con el fin de neutralizarlo y producir inmunidad al administrarlo por vía subcutánea. Este enfoque de tratamiento es muy interesante y podría ser eficaz para mejorar la evolución clínica de pacientes infectados, con pocos efectos secundarios. Muchas personas con COVID han sido tratadas con éxito mediante la transfusión del plasma con altos niveles de anticuerpos contra el SARS-CoV-2 de personas que se recuperaron del virus.

Ya se ha iniciado la vacunación masiva de la población.  Pero las primeras vacunas son aprobadas a través de un proceso acelerado (autorizadas por emergencia), sin una vigilancia adecuada, ni evaluación correcta de efectos secundarios, ni haber completado la fase 3 de ensayos clínicos. Los ensayos de esta forma no exponen si puede tener efectos genéticos dañinos, como ha ocurrido ya con otras vacunas utilizadas, causantes de trastornos graves. Las personas genéticamente predispuestas a la autoinmunidad y a la alergia podrían ser de las mas afectadas por las nuevas vacunas. Los coadyuvantes que se incorporan a las vacunas (hidróxido de aluminio en las inactivadas, PEG por primera vez…) con diferentes funciones ya se ha demostrado que pueden presentar efectos adversos y respuestas autoinmunes.

Una nueva “vacuna” que se ha creado en poco tiempo no utiliza virus vivos o atenuados, sino ARN por primera vez (Pfizer, Moderna). Tecnología nueva que inyecta ARNm (molécula “mensajera” que lleva instrucciones específicas) sintético encapsulado en una membrana lipídica (nanolípidos que nunca fueron utilizados) para que pueda entrar en las células del cuerpo con el fin de instruirlas para empezar a producir una versión modificada de la proteína espiga (Spike) del virus SARS-CoV-2 y así estimular la producción de anticuerpos contra ella. Esta terapia esta diseñada para reducir los síntomas clínicos, no para generar inmunidad ni para evitar el contagio. Las “vacunas” de AstraZeneca y Johnson & Johnson se diferencian en que utilizan ADN y un adenovirus (vector viral) para entrar en las células y dar las instrucciones para producir la proteína Spike y generar  anticuerpos contra el virus. En realidad todas ellas no son vacunas (no cumplen los criterios) sino que son terapias génicas (si cumplen los criterios). Es decir, estamos ante un virus nuevo que no conocemos bien, se utilizan técnicas nuevas y se han desarrollado las “vacunas” en meses.

Si se comercializa una vacuna, debe mostrar evidencia clara de que:

  • Reduce el número de personas portadoras del SARS-CoV-2 asintomáticas que pueden contagiar, es decir, crea inmunidad y protege de transmitir el virus. Las actuales “vacunas” no evitan la replicación y transmisión de variantes virales.
  • Reduce el riesgo no solo de síntomas, sino de casos graves de hospitalización y muerte en las personas con factores de riesgo.
  • Produce buena respuesta inmunitaria en personas de más de 65 años.
  • No puede alterar permanentemente el ADN genómico de la persona.
  • No puede provocar una patología más grave, por una respuesta inmunitaria anormal (por ejemplo una reacción inmune exagerada cuando la persona vacunada se expone al virus, o a una variante…). La “vacuna” de AstraZeneca podría producir una fuerte respuesta inmune y podría causar coágulos sanguíneos asociados a bajos niveles de plaquetas, especialmente en mujeres jóvenes. La de Pfizer podría causar miocarditis.
  • No hay un mayor riesgo en las personas que ya han padecido COVID (diagnosticadas o sin saberlo), ni tampoco cuando se expongan a este u otros virus mas adelante. Las “vacunas” utilizadas actualmente (Pfizer, Moderna, AstraZeneca, Johnson & Johnson…) podrían presentar un mayor riesgo de efectos secundarios en personas que han estado expuestas al virus, efectos que todavía pueden ser peores si la infección es reciente o esta activa; las vacunas de AstraZeneca y Johnson & Johnson podrían incrementar el riesgo de infectarse por otros virus.
  • No puede producir autoanticuerpos que ataquen los propios tejidos.
  • Es segura en personas mayores, niños, mujeres fértiles, mujeres embarazadas, personas inmunodeprimidas y las que padecen procesos alérgicos, autoinmunes y diversas patologías. Las nuevas “vacunas” producen muchas mas reacciones adversas que las vacunas habituales,  especialmente después de la segunda dosis y mas en personas jóvenes. No se han realizado estudios preclínicos con animales y en los estudios no incluyeron personas con patologías, personas mayores, niños ni mujeres embarazadas. El estudio de fase 3 (fase de seguridad y efectividad) de Pfizer termina a final del 2022.
  • Es efectiva para las nuevas cepas o variantes del virus que van surgiendo continuamente, porque no es posible ir revacunando a la población, y existe riesgo de resistencia vacunal. La “vacuna” de Pfizer produce menores niveles de anticuerpos neutralizantes contra la variante sudafricana del virus.

Evidencias que necesitan años de investigación y seguimientos, completando los ensayos clínicos de fase 3, resultando imposible lograrlas en meses. Ademas, con estas nuevas “vacunas”: ¿Se conocen las dosis adicionales necesarias:?… ¿dos, tres…? ¿Se conoce la periodicidad de la revacunación?… ¿anual…? ¿Supone algún riego añadido para la persona recibir todas estas dosis, administrarse diferentes tipos de vacunas para la COVID, además de las vacunas habituales aconsejadas por sanidad? ¿Se estudia y tiene en cuenta la mortalidad general a corto, medio y largo plazo en las personas vacunadas? ¿Es asumible por la sociedad este tipo de vacunación repetida a toda la población? Si pudiera elegir, prefiero una auténtica vacuna basada en el propio virus, pero atenuado, no virulento, y administrada por vía intranasal u oral, como la que se está desarrollando por el CSIC en España.

Por otro lado, la acción protectora de una vacuna se produce al activar al sistema inmune adecuadamente, y esto no es posible si este sistema no dispone de sus componentes en buenas condiciones, lo que depende del correcto aporte micronutricional básico (incluida la vit D) y la reducción de los factores de riesgo mencionados. Esta es una de las causas de falta de respuesta a vacunas de uso común en un porcentaje elevado de personas de edad avanzada, y también en todas las edades. Precisamente las personas teóricamente mas necesitadas de una vacuna para el SARS-CoV-2, podrían ser las que tuvieran una respuesta mas débil o defectuosa, si no se restablece su sistema inmunitario mediante micronutrición antes de administrarla.

Parece demostrado que las personas vacunadas de la gripe podrían ser mas vulnerables a la infección por otros virus no contenidos en la vacuna, incluidos los coronavirus, y se desconocen los efectos de administrar en la misma temporada las vacunas contra la influenza (gripe) y el SARS-CoV-2. Hay estudios mostrando que cuanto mayor es el porcentaje de vacunados para la gripe en el país mayor el número de muertes por COVID por millón de habitantes, lo que no significa ser la causa, pero hace preguntarnos si las personas vacunadas podrían tener mas riesgo de infectarse y fallecer por COVID. El virus SARS-CoV-2 probablemente desplace a otros virus como los del resfriado y la gripe, no produciéndose la epidemia habitual de virus respiratorios ni de la gripe. Los casos positivos de influenza han disminuido hasta casi desaparecer, incluso en los países del hemisferio sur. La incidencia de infecciones víricas (no COVID) en general, y también las exacerbaciones en pacientes respiratorios crónicos, es muy baja este otoño-invierno 2020-2021 (solo de gripe se produjeron 35.000 hospitalizaciones en España el año pasado con una epidemia moderada, y antes de la pandemia fallecían por influenza 650.000 personas al año en el mundo). Quizás porque es difícil que las células se infecten por mas de un virus a la vez, o por la medidas anticontagio que se toman, o por diagnosticar como COVID casos de otros virus…? Sin embargo, sanidad sigue recomendando la vacunación masiva contra la gripe.

La inmunidad adquirida de forma natural presenta varias ventajas sobre las vacunas: estimula los dos tipos de inmunidad (células B y células T), protege de varios virus y variantes y es muy duradera, lo que no se consigue con las vacunas. La forma que tenemos de controlar a los virus es mediante células del sistema inmune innato como las NK, sin necesidad de generar anticuerpos. La gran mayoría de personas evitan la infección viral de esta forma, activando muchos efectores distintos del sistema inmune, interrelacionados entre si para modular la respuesta inmune. Esta inmunidad celular se dirige a cualquiera de las proteínas del virus, incluidas las internas, que varían menos con las nuevas mutaciones. Por el contrario, las vacunas solo crean anticuerpos contra determinadas proteínas del virus y no modulan la respuesta inmune. En mi opinión, la única manera de fortalecer al sistema inmune de la persona en su conjunto (sistema inmune innato, células NK…) y de forma eficaz frente a infecciones y enfermedades es mediante micronutrición, reducción de tóxicos y sueño reparador, junto a una inmunización de forma natural.

Por último, decir que podría no ser tan necesaria una vacuna generalizada si:

  • se protegiera con medidas anticontagio adecuadas a las personas con determinados factores de riesgo,
  • se redujeran factores de riesgo en la población (como veremos en el siguiente artículo), y
  • se tuviera en cuenta que virus diferentes pueden inducir inmunidad entre ellos y la inmunidad colectiva a la COVID-19 podría producirse mas rápidamente y ser mas duradera de lo esperado, además de que con el tiempo la agresividad o patogenicidad del virus irá atenuándose, siempre que los virus vayan mutando de forma natural, no bajo presión de tratamientos y vacunas.