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10. Controlar el exceso de inflamación en la persona con cáncer

Extracto del artículo

La respuesta inflamatoria prolongada de bajo grado (inflamación crónica) es uno de los principales contribuyentes al inicio y progresión de la tumorigénesis. Cuanta mayor inflamación peor es la evolución del cáncer en la persona y menor su supervivencia.

Los parámetros PCR, VSG y LDH elevados, junto a un deterioro físico y muscular, expresan exceso de inflamación, disfunción mitocondrial y alteración del sistema inmune, indicando que, antes o al mismo tiempo, deben controlarse dichos factores o la respuesta al tratamiento oncológico será desfavorable.

En la persona con cáncer es imprescindible controlar el grado de oxidación e inflamación, mediante las adecuadas pautas de: alimentos, micronutrientes, enzimas, fitoquímicos, agua hidrogenada, ejercicio físico, sueño reparador, control de factores estresantes y emociones, y reducción de tóxicos y radiaciones.

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El estrés oxidativo consiste en un exceso de moléculas (radicales libres) que producen daño oxidativo en células y tejidos, no evitado por la capacidad antioxidante del organismo. El estrés oxidativo aumenta el estado inflamatorio, siendo el estrés oxidativo y la inflamación crónica dos procesos íntimamente relacionados, de tal forma que uno conlleva al otro y viceversa.

En la persona con cáncer se produce una acumulación de radicales libres, que han podido provocar mutaciones en el ADN de células contribuyendo a sus cambios metabólicos y transformación maligna. Sin embargo, una vez la célula se ha transformado en cancerígena, cierta cantidad y tipo de radicales libres pueden ser necesarios para inducir e iniciar el proceso de apoptosis. Por tanto, es necesario reducir los radicales libres mediante antioxidantes, pero no de forma excesiva. El micronutriente básico ácido R-lipoico, asociado a otros micronutrientes, es capaz de disminuir el estrés oxidativo de las células no transformadas y favorecer la apoptosis (muerte celular programada) en las células tumorales.

El exceso de oxidación e inflamación persistentes se asocian al cáncer y favorecen su crecimiento. La respuesta inflamatoria prolongada de bajo grado (inflamación crónica) es uno de los principales contribuyentes al inicio y progresión de la tumorigénesis. Cuanta mayor inflamación general en el organismo (sistémica) y en los órganos afectados (local), peor es la evolución del cáncer en la persona y menor su supervivencia. La inflamación y el cáncer van asociados. En el crecimiento y la diseminación de los tumores influye decisivamente el grado de oxidación e inflamación del organismo y de los órganos afectados, incluyendo la inflamación en los tejidos donde pueden metastatizar. Si somos capaces de reducir el estrés oxidativo y la inflamación en el organismo y en dichos tejidos, restableciendo al mismo tiempo la función inmune, ayudaremos a evitar las metástasis. Y si el cáncer ya es metastásico, a frenar su diseminación.

Los parámetros analíticos más útiles en la práctica clínica para evaluar el grado de inflamación general en el organismo y la alteración del sistema inmune son los siguientes:

  • Relación neutrófilos / linfocitos entre 1 y 2, con linfocitos en el rango normal. Cuanto mayor sea esta relación y más bajos los linfocitos, peor el estado del sistema inmune y peor la respuesta al tratamiento con quimioterapia e inmunoterapia.
  • Cuanto más bajas peor es el pronóstico.
  • LDH – Lactato Deshidrogenasa. Esta enzima es un buen marcador de la función metabólica y mitocondrial celular. Niveles altos indican una función mitocondrial alterada y un pronóstico desfavorable de la enfermedad. Niveles bajos pueden indicar afectación muscular grave. El rango normal depende del laboratorio, aunque habitualmente no debería sobrepasar 265 UI/l
  • Valores superiores a 10 pueden indicar exceso de inflamación en el organismo.
  • Valores elevados persistentes indican exceso de inflamación en el organismo.

Si la persona presenta PCR, VSG y LDH elevados, expresa exceso de inflamación, disfunción mitocondrial y alteración del sistema inmune, indicando que la enfermedad no está controlada y las células madre del cáncer pueden activarse. Si se aplica una terapia oncológica convencional agresiva (radioterapia, quimioterapia, inmunoterapia…) sin antes, o al mismo tiempo, controlar dichos parámetros mediante medicina micronutricional y eliminación de tóxicos, la calidad de vida del paciente empeorará y la respuesta será desfavorable. Cuando PCR, VSG, LDH y relación neutrófilos/linfocitos están en rangos normales significa que la enfermedad se controla y las posibilidades de éxito son mayores.

Estos marcadores, así como los síntomas y el estado clínico son fundamentales para valorar la óptima combinación de micronutrientes y alimentos para el paciente. Todas las personas con cáncer precisan del aporte de micronutrientes básicos a dosis fisiológicas como se da en el método Dr. Cardona, pero cada persona necesita una combinación y cantidad distinta de micronutrientes específicos antioxidantes, debido a que cada una metaboliza de forma distinta los antioxidantes de los alimentos y complementos. Desde personas que los absorben o metabolizan deficientemente y requieren cantidades muy elevadas, hasta personas en que cantidades elevadas pueden actuar como prooxidantes. Por tanto, la combinación y cantidad de micronutrientes antioxidantes-antinflamatorios a aportar no es predecible, solo puede conocerse mediante la monitorización de signos y parámetros clínicos. La enfermedad puede incluso estar bien controlada de acuerdo con las pruebas habituales en oncología, pero no estarlo el estrés oxidativo ni la inflamación de la persona, siendo estos la causa bioquímica de inesperadas complicaciones, mala evolución o recidivas.

En la persona con cáncer es, por tanto, imprescindible controlar el grado de oxidación e inflamación, durante y fuera del tratamiento oncológico, mediante las adecuadas pautas de:

  • Alimentos, unos alimentos tienen una acción proinflamatoria-procancerígena y otros antiinflamatoria-anticancerígena. Por ejemplo, debido a las proteínas proinflamatorias que contienen como ocurre con los lácteos y el trigo.
  • Micronutrientes, siendo fundamental aquí la acción de todos los micronutrientes básicos, especialmente los ácidos grasos omega 6 y omega 3 activos, como GLA y DHA, vitaminas como la D y K2, y antioxidantes como coenzima Q10 y el ácido R-lipoico.
  • Enzimas como Bromelaína, Papaína, Tripsina, Quimotripsina, Serrapeptase, Nattokinasa, por sus acciones antiinflamatorias.
  • Hongos como Reishi y Coriolus Versicolor (PSK), pueden ser de gran ayuda en la mejora de la oxidación-inflamación y el sistema inmune.
  • Fitoquímicos como la Silibina, que mejora la actividad de las principales enzimas antioxidantes: SOD, catalasa y glutatión peroxidasa.
  • Agua hidrogenada, con gran actividad antioxidante a nivel de toda la célula y sus orgánulos.
  • Ejercicio físico y sueño reparador.
  • Control de factores estresantes y emociones.
  • Reducción de tóxicos y radiaciones electromagnéticas. Si persisten en la persona unos niveles elevados en tejidos de moléculas proinflamatorias y tóxicas, será muy difícil conseguir mejorar el exceso de inflamación en el organismo.

11. Abordar el ámbito tumoral en la persona con cáncer

Extracto del artículo

El tumor necesita y crea el mismo un microambiente tumoral que favorece su crecimiento y expansión, incluyendo el formar nuevos vasos sanguíneos para abastecerse de sangre y de nutrientes, o angiogénesis.

La expansión y diseminación del cáncer dependen del microambiente tumoral que es la parte fibroinflamatoria activa del tumor. También depende de las células y del tejido próximos al tumor. Cuanto mejor sea la estructura del tejido conectivo y más sanas las células de alrededor del tumor, más se dificulta su expansión, mientras que en un órgano y organismo dañados resulta difícil detener la expansión del cáncer.

Por tanto, es importante transformar este ambiente en un entorno que dificulte la subsistencia y crecimiento tumoral. La forma de ayudar a conseguirlo es mediante: alimentación de tipo cetogénico, conjunto adecuado de micronutrientes y fitoquímicos, enzimas fibrinolíticas y hongos.

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El tumor necesita y crea el mismo un microambiente tumoral que favorece su crecimiento y expansión, incluyendo el formar nuevos vasos sanguíneos para abastecerse de sangre y de nutrientes, y lo consigue en parte gracias a la fibrina de dicho microambiente tumoral. La formación de nuevos vasos sanguíneos es la angiogénesis.

La expansión y diseminación del cáncer dependen del microambiente tumoral que es la parte fibroinflamatoria activa del tumor, intercomunicada con sus células cancerosas. Cuanta más cantidad, rigidez, acidez y actividad del tejido del microambiente del tumor mayor agresividad y riesgo de expansión y metástasis. Las células tumorales son complejas y heterogéneas, en estructura, metabolismo, cambios genéticos y epigenéticos… y tienen muy diversas formas de superar los tratamientos convencionales del cáncer. Por el contrario, el microambiente tumoral es más homogéneo, más fácil de abordar, y resulta que este es determinante en la evolución de la enfermedad.

El crecimiento y la diseminación también dependen de las células y del tejido próximos al tumor. Cuanto mejor sea la estructura del tejido conectivo y más sanas las células de alrededor del tumor, más difícil lo tendrá el tumor para extenderse.

Es muy importante transformar este ambiente que se ha creado el tumor en un entorno hostil para él, que dificulte su subsistencia y crecimiento, y así conseguir frenar la angiogénesis y, con ello, el abastecimiento tumoral. La forma de ayudar a conseguirlo sin dañar al organismo es mediante:

  • Alimentación de tipo cetogénico.
  • Conjunto adecuado de micronutrientes y fitoquímicos, que pueden ayudar a fortalecer el tejido conectivo e inhibir la angiogénesis, además de proteger a las células sanas de los tratamientos agresivos. El método Dr. Cardona aporta los nutrientes básicos y contiene lisina (aminoácido), prolina (aminoácido) y vitamina C, que pueden dificultar que las células cancerosas se “abran camino” para diseminarse.
  • Enzimas fibrinolíticas que pueden ayudar a eliminar la fibrina. Utilizando enzimas proteolíticas como la Serrapeptase y Natoquinase, también se mejoran los factores procoagulantes asociados al cáncer. Esta terapia enzimática puede modificar el tejido fibroinflamatorio tumoral dificultando el desplazamiento y la fijación de las células cancerosas.
  • Hongos como el Agaricus.

Las trombosis venosas y las embolias son frecuentes en personas con cáncer, dependiendo el riesgo del tipo de cáncer (más en cáncer de páncreas y pulmón), del estadio y de los tratamientos aplicados, empeorando mucho el pronóstico. Con la terapia micronutricional, especialmente mediante enzimas, se puede reducir dicho riesgo.

Mejorar la salud general de la persona, fortaleciendo los tejidos próximos al tumor y la función de todos sus órganos es fundamental en la persona con cáncer. Cuanto más sanas están las células que rodean al tumor más se inhibe su crecimiento, mientras que en un organismo dañado es difícil detener la expansión del cáncer. A menudo, resulta más eficaz no ser demasiado agresivo con los tratamientos convencionales aplicados y apoyarlos con terapias de fortalecimiento de células y órganos que mejoren su función.

12. Alimentación y micronutrición en la persona con cáncer

Extracto del artículo

La estrategia dietética y micronutricional debe estar dirigida a mejorar la persona en su conjunto y, al mismo tiempo, ayudar a inhibir el crecimiento tumoral:

  • Aportar el conjunto óptimo de micronutrientes básicos resulta imprescindible en la persona con cáncer. Las dosis mayores de micronutrientes básicos y otros micronutrientes específicos y enzimas, deben ser estudiados en cada persona.
  • Restringir el consumo de azúcares simples (glucosa y fructosa): alimentos y bebidas con sabor dulce, frutas dulces, cereales (pan, pasta, arroz, maíz…), tubérculos (patata…), vino, cerveza…
  • Restringir el consumo de alimentos proteicos animales: carnes, pescados, mariscos y lácteos.
  • Evitar los alimentos con moléculas tóxicas, como son los alimentos no ecológicos y los alimentos procesados, industrializados, precocinados…
  • Aportar alimentos con grasas “buenas” como: aceite de coco virgen, aceite MCT, aceite de oliva virgen extra, semillas de chía (ALA), aceite de pescado (DHA), aceite de onagra (GLA), aceite de semillas de granada (CLNA), frutos secos, aguacate, huevo entero ecológico (fosfolípidos)…
  • Aportar abundantes alimentos con fitoquímicos como: verduras hortalizas, ajo y cebolla tiernos, jengibre, frutas del bosque, piel con la parte blanca de cítricos ecológicos, setas, hongos y especias; crudos o poco hechos.
  • El microayuno es uno de los apoyos más eficaces para vencer la enfermedad, incluido el cáncer. El microayuno diario consiste en merendar-cenar muy ligero y que pasen de 14 a 16 horas hasta el desayuno al poco de levantarse.

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La estrategia dietética y micronutricional debe estar dirigida a mejorar la persona en su conjunto y, al mismo tiempo, ayudar a inhibir el crecimiento tumoral. Consiste básicamente en la aplicación del método Dr. Cardona expuesto en esta Web, con su alimentación y complementos, teniendo en cuenta que cuando el cáncer está extendido o presenta metástasis, deben eliminarse de la alimentación básica del método: lácteos, carnes, pescados, incrementando los aminoácidos básicos a dos tomas al día.

Aportar el conjunto óptimo de micronutrientes básicos resulta imprescindible en la persona con cáncer, por ser los elementos o “materia prima” necesaria para conseguir unas adecuadas y eficientes capacidades antioxidante-antiinflamatoria, detoxificante, inmunitaria, reparadora y regeneradora del organismo. Capacidades imprescindibles para que la persona pueda vencer al cáncer y, al mismo tiempo, recupere la función de sus órganos, el bienestar general y la salud. Consiste en aportar dosis fisiológicas de vitaminas activas, colina, inositol, minerales esenciales, coenzima Q10, ácido R-lipoico, ácidos grasos omega 6 y omega 3 activos y aminoácidos esenciales y semiesenciales, poca metionina, glicina solo en algunas personas, y no aportar glutamina, ácido glutámico, arginina ni serina.

Las dosis mayores de micronutrientes básicos y otros micronutrientes más específicos, deben ser estudiados en cada persona, de acuerdo con sus insuficiencias micronutricionales, los síntomas y parámetros, el tipo de cáncer y las patologías asociadas. Por ejemplo, puede ser necesario aportar dosis mayores de metabolitos de la vitamina D3, vitamina K2, vitamina C y magnesio, por la insuficiencia que presenta el paciente. También debe estudiarse la conveniencia o no de un apoyo mediante fitoquímicos con acciones específicas sobre enzimas y rutas metabólicas sobreactivadas en la célula cancerosa.

En muchas personas afectadas es necesario aportar conjuntos de enzimas digestivas y sistémicas, por potenciar la acción de los micronutrientes, ayudar a inhibir la acción promotora del microambiente tumoral, su acción anticoagulante, poder mejorar la eficacia del sistema inmune y presentar una acción detoxificante imprescindible en la persona con cáncer. Además, las terapias convencionales del cáncer agotan las enzimas digestivas y metabólicas del cuerpo. Consiste en administrar productos de enzimas digestivas, fibrinolíticas y proteolíticas (serrapeptase, nattokinase, tripsina, quimotripsina, bromelaína, papaína…), junto con la toma diaria de verduras-hortalizas crudas, frutas crudas, germinados (brotes verdes) y hongos enteros (agaricus, cordyceps, reishi, shiitake, maitake…).

Restringir el consumo de azúcares simples (glucosa y fructosa): alimentos y bebidas con sabor dulce, frutas dulces, cereales (pan, pasta, arroz, maíz…), tubérculos (patata…), vino, cerveza… También algunos alimentos lácteos y proteicos incrementan la insulina, aunque no aumenten la glucemia. En general, la célula cancerosa es más dependiente de la glucosa, y cuando no la consigue se inhibe su crecimiento. El aporte de aceite de coco virgen y, especialmente el aceite MCT solo de ácido caprílico, facilita la producción de cuerpos cetónicos como fuente alternativa de energía para las células.

Restringir también el consumo de alimentos proteicos animales: carnes, pescados, mariscos, lácteos… (pueden tomarse huevos ecológicos), aportando los aminoácidos básicos de forma equilibrada, con cantidades reducidas de metionina. La alimentación tipo cetogénico comentada y el aporte de grasas “buenas” consigue que el cuerpo necesite un menor aporte de proteínas. La clave está en suprimir estos alimentos y aportar el conjunto de aminoácidos básicos del método Dr. Cardona, junto con micronutrientes como PQQ, fitoquímicos como Silimarina, y algunos hongos, que permiten una mejor síntesis proteica en el hígado a partir de dichos aminoácidos. Así pueden conseguirse mayores beneficios que con la restricción severa proteica, la restricción calórica o el ayuno, y sin los inconvenientes que comportan estas dietas. La combinación óptima de aminoácidos también ayuda a fortalecer el colágeno en el organismo y en los tejidos próximos al tumor.

La mayoría de las células cancerosas necesitan del aporte a través de la alimentación del aminoácido arginina para crecer ya que no pueden sintetizarla, y la restricción de arginina en la alimentación podría inhibir su crecimiento.

El ácido palmítico, un ácido graso saturado que se encuentra principalmente en el aceite de palma y en carnes, pescados y lácteos grasos, estimula el crecimiento y expansión del cáncer.

Evitar los alimentos y factores acidificantes, aumentando los alcalinizantes. La acidificación extracelular e intratumoral es necesaria para el crecimiento y expansión tumoral, siendo el cáncer tanto más agresivo cuanto mayor la hipoxia y acidificación de su microambiente.

Deben seguirse medidas que no acidifiquen el espacio intersticial (medio extracelular) y, al mismo tiempo, acidifiquen el interior de la célula cancerosa, como son una alimentación moderada en calorías, sin azúcares (blancos, jarabe de maíz, jarabe de glucosa, melazas…) ni cereales refinados (blancos), con muy pocas grasas y proteínas animales, sin lácteos, casi sin sal y sin alcohol, junto a la evitación de tóxicos ambientales y radiaciones, y la práctica de ejercicio físico regular en ambiente no contaminado. El ácido graso omega 3 DHA puede ayudar a variar el pH intracelular de las células cancerosas hacia la acidificación.

Al mismo tiempo, deben tomarse alimentos que alcalinicen el medio extracelular, como es una alimentación a base de alimentos vegetales crudos: hortalizas, verduras, frutas, brotes verdes germinados, setas, almendras crudas… También el agua hidrogenada puede conseguir una acción alcalinizante debido a su efecto antioxidante. Intentar la alcalinización del organismo de forma activa (por ejemplo, mediante bicarbonato) no es aconsejable porque puede incluso activar el crecimiento de algunos tipos de tumores y porque podría afectar negativamente a personas con predisposición a otras patologías (como enfermedades neurodegenerativas, Alzheimer, esclerosis…).

Evitar los alimentos con moléculas tóxicas, como son los alimentos de origen animal grasos no ecológicos: lácteos, huevos, carnes, pescados de piscifactoría…, los vegetales no ecológicos en los que no se elimina la piel, y los alimentos procesados. Pero también los alimentos con carbohidratos (glucosa, fructosa, almidón…) como: cereales, patata…, cuando se calientan a más de 120º y con poca humedad (fritos, horneados, tostados) se produce acrilamina, una sustancia cancerígena. Es el caso de: patatas fritas de bolsa (el que más contiene), patatas fritas caseras, cereales para desayuno, aperitivos salados, palomitas y aperitivos de maíz, panes industrializados, galletas de todo tipo, crackers, bollería, pastelería, pan crujiente, pan tostado, corteza oscurecida del pan, muchos chocolates, café torrefacto, sucedáneos del café, ciruelas pasas, puré de ciruelas, algunos alimentos para bebés… Además, se forma acrilamina por un mecanismo distinto en frutos secos y semillas tostados (no en los crudos), crema de cacahuete, aceitunas negras, alimentos en polvo (incluido café y cacao), y en los alimentos procesados, fritos, horneados y tostados, especialmente si adquieren un color oscuro.

Reducir el aporte de nutrientes clave para el crecimiento de la célula cancerosa: glucosa (azúcar), ácido palmítico (ácido graso saturado de cadena larga), metionina (aminoácido), arginina (aminoácido), ácido glutámico (aminoácido) y glutamina (aminoácido), y también unos nutrientes llamados poliaminas de ciertos alimentos como los fermentados y madurados.

Aportar alimentos con grasas “buenas” como: aceite de coco virgen, aceite MCT, aceite de oliva virgen extra, semillas de chía (ALA), aceite de pescado (DHA), aceite de onagra (GLA), aceite de semillas de granada (CLNA), frutos secos, aguacate, huevo entero ecológico (fosfolípidos)… En muchas células cancerosas, por su distinto metabolismo, estas grasas pueden dificultar su funcionamiento, e incluso algunas pueden ser tóxicas para ellas. Por el contrario, la célula sana funciona mejor con dichas grasas cuando se aportan de forma adecuada y equilibrada. Tampoco deben tomarse en exceso por contener cierta cantidad de ácido palmítico (ácido graso saturado de cadena larga).

Aportar abundantes alimentos con fitoquímicos antioxidantes-antinflamatorios (sustancias de las plantas que son activas biológicamente), como: verduras (especialmente las crucíferas), hortalizas, ajo y cebolla tiernos, jengibre, frutas del bosque, piel con la parte blanca de cítricos ecológicos (naranja, limón…), setas, hongos (micelios enteros de: Agaricus, Cordyceps, Maitake, Reishi, Shiitake…) y especias; crudos o poco hechos.

El conjunto de micronutrientes básicos necesita del apoyo y la “colaboración” de estos extensos grupos de fitoquímicos para mejorar la capacidad antioxidante y antiinflamatoria del organismo. Son los conjuntos naturales de fitoquímicos contenidos en estos alimentos enteros los que consiguen esta acción, mas que los fitoquímicos por separado en complementos.

La fitoterapia o tratamiento con plantas y sus derivados es utilizada por un elevado porcentaje de pacientes oncológicos. Por ejemplo: zumo de pomelo, zumos de bayas, hipérico, algas como equinácea, astrágalo, alfalfa, regaliz, ginseng, ginkgo biloba, levadura de arroz rojo, extractos de té verde…, y también el aporte de fitoquímicos aislados. Estos compuestos, aunque sean naturales pueden interaccionar con fármacos o micronutrientes, alterar enzimas o provocar otras acciones negativas para la persona. Además, en los extractos de plantas no se conoce su composición exacta en fitoquímicos y micronutrientes, ni la farmacocinética y farmacodinámica de sus principios activos.

En la persona con cáncer solo deberían utilizarse por médicos expertos y como apoyo a la terapia micronutricional, unos pocos fitoquímicos con estudios científicos y experiencia clínica suficiente, seguros y valorando siempre las patologías y las posibles interacciones con los fármacos administrados.

La medicina micronutricional o micronutrición no es fitoterapia, ya que utiliza micronutrientes y enzimas digestivas y proteolíticas, y los micronutrientes son moléculas propias del organismo que forman parte de su metabolismo nutricional básico celular, utilizados a dosis no ortomoleculares (no elevadas), por lo que es muy improbable que provoque acciones negativas en el paciente ni interaccione con fármacos. Los hongos pueden usarse en micronutrición, porque es la mejor forma de administrar gliconutrientes, como los betaglucanos, aunque también contienen fitoquímicos. Pero están bien estudiados y conocemos su acciones e interacciones.

El microayuno es uno de los apoyos más eficaces para vencer la enfermedad, incluido el cáncer. El microayuno diario consiste en merendar-cenar muy ligero: verduras-hortalizas, y que pasen de 14 a 16 horas hasta el desayuno básico del método Dr. Cardona, y no comer a media mañana. Con el desayuno básico se aportan los micronutrientes básicos, incluido el conjunto de aminoácidos. Así se logran formar más cuerpos cetónicos durante la noche, sin aportar sal ni producir residuos tóxicos del metabolismo proteico hasta la comida del mediodía, permitiendo el reposo y la reparación de los órganos depurativos: hígado, riñones e intestino, y pulmón y piel. El microayuno es esencial para que las células se adapten a obtener la energía de grasas y no de carbohidratos, reducir la insulina, potenciar la acción enzimática… y mejorar la capacidad de reparación y regeneración de los tejidos, favoreciéndose la formación de nuevas células. El ayuno activa enzimas que a su vez activan las células madre para formar células nuevas en los órganos dañados. Es decir, ayuda a regenerar dichos órganos (recuperar estructura y función), cuando disponen de los elementos necesarios, lo que conseguimos con la micronutrición aportada. El microayuno puede dificultar la entrada de glucosa en las células tumorales, y ayuda a tolerar bien la alimentación de tipo cetogénico al no precisar una reducción tan drástica de los carbohidratos. El fitoquímico silibina puede ser una ayuda suplementaria al microayuno por dificultar la entrada de la glucosa en las células tumorales.

En resumen, la estrategia alimentaria y micronutricional en una persona con cáncer se basa en el óptimo aporte de micronutrientes, enzimas, conjuntos de fitoquímicos y grasas “buenas”, mediante alimentos crudos y complementos micronutricionales, y un escaso aporte de carbohidratos y proteínas, junto a un microayuno diario. Con el fin de mejorar las células normales y funciones orgánicas, al tiempo que se ayuda a inhibir el crecimiento tumoral. Mucho más eficaz como tratamiento complementario del cáncer que aplicar estas restricciones o aportes de forma incompleta o por separado, como por ejemplo limitarse a: restringir azúcares, o carbohidratos, o proteínas, o grasas animales, o ayunar, o solo administrar nutrientes, enzimas o fitoquímicos aislados, o “alcalinizar al organismo”. Dicha estrategia terapéutica, además de aportar los beneficios mencionados es la que mejor reduce el exceso de inflamación de las personas con cáncer.

13. Apuntes sobre quimioterapia y hormonoterapia tradicionales

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La quimioterapia tradicional se basa en la toxicidad que destruye a las células que se dividen rápidamente.

La quimioterapia afecta negativamente al microambiente tumoral, pudiendo ser causa de un incremento en el riesgo de metástasis, en ocasiones incluso consiguiendo reducir el tamaño del tumor.

En quimioterapia se da a menudo un sobretratamiento, por el temor a no destruir suficientes células cancerosas y a que el tumor se expanda.

En el cáncer con metástasis la quimioterapia puede conseguir en general un incremento de la supervivencia media de poco tiempo, solo de meses, ocasionando importantes efectos secundarios.

La hormonoterapia para el cáncer se utiliza para tratar tumores hormonodependientes, especialmente de mama y próstata.

Los efectos secundarios de la hormonoterapia son frecuentes.

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La quimioterapia tradicional se basa en la toxicidad que destruye a las células que se dividen rápidamente, dañando a las células cancerosas, pero también a las células normales que se dividen rápidamente como son las células de sistema inmune, las de la médula ósea (plaquetas, glóbulos rojos, leucocitos…), las del tracto gastrointestinal, páncreas y bazo, y las de los folículos pilosos del cabello. Además, puede dañar distintos órganos, como corazón, pulmón, riñón, hígado, sistema nervioso y órganos reproductores, y afecta la microbiota intestinal (“flora intestinal”), de la que depende la mayor parte del sistema inmunitario. Es frecuente que los pacientes tratados padezcan en el futuro lesiones de estos órganos. Son frecuentes las cardiopatías y secuelas como: fatiga, alteraciones de memoria y concentración, y los trastornos en manos y pies debido a neuropatías, entre otros.

La quimioterapia afecta negativamente al microambiente tumoral, pudiendo ser causa de un incremento en el riesgo de metástasis, en ocasiones incluso consiguiendo reducir el tamaño del tumor. Con una quimioterapia a dosis más bajas y más frecuentes puede evitarse esta acción negativa.

En quimioterapia se da a menudo un sobretratamiento, por el temor a no destruir suficientes células cancerosas y a que el tumor se expanda. Los análisis genéticos son cada vez de mayor ayuda para decidir el tratamiento al conocer el tipo de cáncer, así como, su gravedad y riesgo, desde el punto de vista genético. Un cáncer puede ser de elevado riesgo desde un punto de vista clínico, pero ser de bajo riesgo genético, y optarse por no aplicar quimioterapia. Por ejemplo, actualmente ya existe un test genético en personas con cáncer de mama en estadios iniciales que indica la necesidad o no de quimioterapia.

Sin embargo, los riesgos genéticos se averiguan en personas a las que no se aplica medicina micronutricional, que puede modificar la expresión de los genes responsables del cáncer y favorecer una buena evolución de la enfermedad, como se ha explicado en el artículo correspondiente. Sería muy útil realizar seguimientos y estudios en este sentido.

En el cáncer con metástasis la quimioterapia puede conseguir en general un incremento de la supervivencia media de poco tiempo, solo de meses, ocasionando importantes efectos secundarios, afectando a muy diversos órganos y empeorando marcadamente la calidad de vida. Un elevado porcentaje de cánceres presentan resistencia, es decir, que no responden al tratamiento convencional. A menudo responden en un principio, pero reaparece el proceso al cabo de un tiempo. Aunque, como siempre ocurre en medicina, los resultados dependen de la persona, las causas y el tipo de cáncer.

Resulta útil aplicar la sesión de quimioterapia en ayunas, sin desayunar ni tomar complementos, incrementa su eficacia y reduce los efectos secundarios. Los beneficios podrían potenciarse todavía mas aplicando dosis bajas y frecuentes junto a medicina micronutricional que sensibiliza a las células cancerosas, mejorando al mismo tiempo al sistema inmune y a los tejidos y órganos sanos.

La hormonoterapia para el cáncer se utiliza para tratar tumores hormonodependientes, especialmente de mama y próstata, en los que las hormonas estimulan su crecimiento. Consiste en aplicar fármacos que reducen la cantidad o el efecto de los estrógenos en el cáncer de mama hormonodependiente, o la cantidad de testosterona en el caso del cáncer de próstata. Estos fármacos se aplican para disminuir el tumor antes de la cirugía, reducir el riesgo de recaída después de la cirugía y radioterapia, y en la enfermedad diseminada para intentar retrasar su progresión. En este último caso es habitual que se produzca resistencia y el tumor siga creciendo a pesar del tratamiento, aunque actualmente pueden aplicarse nuevos fármacos que revierten esta resistencia. El cáncer de próstata con metástasis se vuelve refractario a la hormonoterapia en pocos años desde el diagnóstico, intentándose entonces controlar con quimioterapia.

Los efectos secundarios de la hormonoterapia son frecuentes, muy variados y tanto físicos como psíquicos, debidos a la falta de hormonas y a la toxicidad de los fármacos, además algunos precisan de la administración conjunta con corticoides. En ocasiones pueden producir alteraciones visuales, hipertensión arterial, tromboembolismo y afectación cardiaca y hepática.

14. Apuntes sobre terapia molecular dirigida del cáncer

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La inmunoterapia se basa en potenciar el sistema inmune de la persona para intentar que este destruya el tumor. Sin embargo, la más utilizada es la inmunoterapia pasiva en la que se administran anticuerpos directamente y no se activa el sistema inmune global del cuerpo. Son los anticuerpos monoclonales.

La terapia dirigida del cáncer es un tratamiento protocolizado y personalizado en función del tipo de cáncer y de los análisis genético-epigenéticos del tumor. No mejora el microambiente tumoral, el sistema inmune global, el exceso de inflamación, la reprogramación metabólica, ni la disfunción mitocondrial (puede acentuarla).

Las terapias dirigidas presentan también efectos secundarios, en general, mejor tolerados que los de la quimioterapia, pero pueden ser graves. La terapia combinada: de diferentes terapias dirigidas y también con quimioterapia u otros fármacos, es lo más habitual y puede tener reacciones de toxicidad mayores que las previstas.

Esta estrategia en medicina oncológica para la investigación y el tratamiento del cáncer es imparable, y veo difícil que nos lleve a una curación del cáncer.

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La terapia dirigida del cáncer se está desarrollando recientemente y se considera un importante avance en el tratamiento del cáncer, utilizando nuevas generaciones de fármacos y otros tipos de terapia. Las más utilizadas son las distintas formas de inmunoterapia oncológica.

La inmunoterapia se basa en potenciar el sistema inmune de la persona para intentar que este destruya el tumor. Sin embargo, la más utilizada es la inmunoterapia pasiva en la que se administran anticuerpos directamente y no se activa el sistema inmune global del cuerpo. Son los anticuerpos monoclonales diseñados para que reconozcan y destruyan determinas células tumorales, se diseñan versiones de proteínas del sistema inmune que modifican las interacciones entre este y las células cancerosas. Recientemente se están obteniendo mejores resultados en destruir células tumorales mediante combinaciones de anticuerpos que con uno solo. Esta tecnología dirige el tratamiento a células específicas previamente estudiadas, causando menor toxicidad que la quimioterapia convencional en las células sanas. Pero por el momento las nuevas terapias no reemplazan a las tradicionales, y habitualmente se combinan con radioterapia y otros fármacos.

En la inmunoterapia del cáncer también se desarrollan fármacos que actúan sobre moléculas específicas que las células cancerosas producen para protegerse o “esconderse” del ataque del sistema inmune, o que interfieren en sus capacidades para ser efectivo. Pertenecen a las innumerables vías de escape que los tumores generan para eludir al sistema inmunitario y a los fármacos.

 Otra modalidad de inmunoterapia muy reciente consiste en extraer células inmunitarias (linfocitos T) del tumor del paciente, identificar las que son activas contra las células cancerosas, multiplicarlas en el laboratorio y transfundirlas al paciente. Otra versión podría ser en un futuro próximo: aislar linfocitos T de la sangre del paciente, modificarlos para que reconozcan las células cancerosas y las ataquen sin dañar a las células sanas, incrementar el número de estos linfocitos modificados en el laboratorio, transfundirlos al paciente, y esperar a que localicen a las células cancerosas y las destruyan. Estas estrategias podrían ser muy efectivas en un futuro próximo en personas con cáncer, principalmente si es invasivo y con metástasis.

La terapia dirigida del cáncer es un tratamiento protocolizado y personalizado en función del tipo de cáncer y de los análisis genético-epigenéticos del tumor, es decir, en función de las alteraciones genéticas-epigenéticas (mutaciones propias y adquiridas) detectadas en las células tumorales. Se determina el perfil genético del cáncer a partir de la biopsia de una muestra tumoral, o muy recientemente a partir de la biopsia líquida, analizando el ADN que las células tumorales pasan a la sangre, reduciendo riesgos y permitiendo estudiar la evolución del tumor y su respuesta a la terapia. La terapia se personaliza atendiendo a la genética del cáncer, se está pasando del diagnóstico histológico al diagnóstico molecular, centrándose en las mutaciones detectadas, independientemente de la localización del tumor.

La terapia dirigida del cáncer no actúa sobre el microambiente tumoral, lo que puede ser causa de resistencia o ineficacia cuando este impide que alcance a las células cancerosas. Un elevado porcentaje de cánceres no responden a la inmunoterapia, aunque, en ocasiones responden inicialmente pero posteriormente el tumor encuentra una vía para poder crecer y diseminarse.

 Las terapias dirigidas presentan también efectos secundarios, en general, mejor tolerados que los de la quimioterapia, pero pueden ser graves. Un efecto adverso especialmente preocupante es el de sobreestimulación del sistema inmune o autoinmunidad que puede confundir tejidos propios como ajenos y afectar a diversos órganos, complicando el curso de la enfermedad. Efectos secundarios de toxicidad frecuentes son los cutáneos, digestivos (diarrea…), hepáticos, pulmonares… La terapia combinada: de diferentes terapias dirigidas y también con quimioterapia u otros fármacos, es lo más habitual y puede tener reacciones de toxicidad mayores que las previstas. Debe tenerse en cuenta que las terapias dirigidas bloquean o inhiben moléculas (proteínas) que influyen en el crecimiento de células cancerosas, pero que también tienen otras funciones en el organismo, a menudo desconocidas.

 Cada terapia del cáncer se dirige a unos objetivos concretos y aislados (dianas) con el fin de matar a células cancerosas. Pero, cada tumor de cada persona produce unas proteínas propias que son el resultado de mutaciones génicas específicas de cada tumor. Las variedades moleculares y genéticas celulares que se buscan y la cantidad de genes responsables y de objetivos son enormes, además de ir cambiando, resultando muy difícil abordarlos en conjunto mediante las terapias convencionales debido a:

  • su cantidad y complejidad,
  • los cambios moleculares epigenéticos debidos a factores bioquímicos causales que persisten sin resolver,
  • una investigación molecular que mira aspectos concretos y no tiene una visión del todo,
  • el conocimiento aún muy fragmentado que tenemos de la biología,
  • la especificidad de los tratamientos aplicados: un fármaco para cada mutación detectada en las células tumorales,
  • las nuevas vías que halla la célula cancerosa para evitar la acción del fármaco y seguir proliferando: las células tumorales tienen una capacidad casi infinita de adaptarse a situaciones adversas y tóxicas, y
  • la agresividad, toxicidad e inhibición de moléculas necesarias para el organismo que comportan.

Las reacciones bioquímicas celulares no pueden verse como cadenas de pasos lineales sucesivos activados por moléculas diferentes, y si hay una disfunción considerar que es debida a una alteración en un paso, buscando un fármaco activo sobre la proteína que corrija dicha alteración, que es en lo que se basa el desarrollo de nuevos fármacos. Los componentes celulares y rutas metabólicas están completamente intercomunicados entre sí, tanto las moléculas físicas como la energía, con complejas interacciones, y el flujo lineal no funciona. Además, la expresión de los genes y la síntesis de proteínas varia con las señales del entorno (como hemos visto en otro apartado), y también una misma proteína se utiliza para funciones muy diferentes en los distintos tejidos en que se encuentra, pudiendo tener incluso efectos opuestos. Por tanto, los fármacos tienen un papel en ayudar a superar situaciones médicas, pero no pueden curar porque en las disfunciones (patologías) interactúan muchas proteínas, rutas metabólicas, moléculas, energía…, y la proteína sobre la que presentan acción tiene otras muy diversas funciones en el organismo con consecuencias imprevisibles si la modificamos.

Además, el cuerpo puede presentar reservas de células tumorales inmaduras que no crecen y permanecen ocultas con todo su potencial maligno (células durmientes) en la localización del tumor y extendidas a otros tejidos. Son células malignas sin crecimiento y por ello son resistentes a los fármacos, y pueden causar recaídas futuras de la enfermedad.

Con el tratamiento del cáncer ocurre algo parecido que con el tratamiento de las bacterias y virus, que encuentran formas de escaparse y seguir creciendo. La diferencia es que contra los virus y bacterias se utilizan fármacos dirigidos a proteínas ajenas al organismo, mientras que con el cáncer las proteínas “diana” forman parte del propio organismo y son necesarias para su normal funcionamiento, lo que puede provocar efectos secundarios importantes.

Desde el punto de vista genético el cáncer podría considerarse como cientos de enfermedades distintas, cada una con su estrategia terapéutica, lo que resulta complejo y muy difícil de abordar. El cáncer se clasifica en subtipos moleculares cada vez más extensos, ampliándose continuamente las nuevas clasificaciones pudiendo llegar a límites inimaginables. Además de que cuanto mayor la clasificación menor el número de pacientes de cada tipo y, por tanto, mayor la dificultad para los seguimientos y estudios clínicos. La interpretación de las mutaciones génicas es tan compleja que se ha creado el Cancer Genome Interpreter (CGI) para ayudar a interpretar los cambios genómicos detectados en el tumor del paciente, con cifras como: 247 tipos de tumor, 765 genes que favorecen el cáncer y 5.600 variantes oncogénicas validadas.

Esta estrategia en medicina oncológica para la investigación y el tratamiento del cáncer es imparable, y veo difícil que nos lleve a una curación del cáncer, a no ser que la investigación en inmunoterapia se centre quizás en técnicas que potencien las células inmunitarias efectivas propias de cada paciente, transfundiéndolas en un tratamiento individualizado sin fármacos, asociado a terapia micronutricional y causal. Pero de lo que si estoy plenamente convencido es de la necesidad urgente de un esfuerzo de clínicos y científicos para entender, diagnosticar y tratar cada vez mejor las causas esenciales comunes de las enfermedades… y simplificar conceptos y terapias. Incluyendo la simplificación del cáncer, con sus microambientes tumorales, su reprogramación metabólica y el exceso de oxidación-inflamación, que tienen más en común que diferencias, compartiendo unos mismos mecanismos bioquímicos y metabólicos y presentando comportamientos similares. No todo es determinado por la genética, el contexto interno y externo influye intensamente en la célula, incluyendo cambios genéticos observados que inciden en las decisiones terapéuticas. Cambios genéticos que no se producirían o se revertirían, simplemente actuando sobre los factores bioquímicos de riesgo, y pueden haber decidido la aplicación de un protocolo de terapia molecular dirigida.

Los fármacos utilizados a menudo son moléculas de última generación de las que no se conoce aun suficientemente la respuesta clínica, sus interacciones ni la toxicidad, no se han realizado estudios postcomercialización, y se utilizan en protocolos personalizados establecidos únicamente en función de los análisis genéticos y epigenéticos del tumor. Una mayoría de nuevos fármacos oncológicos llegan al mercado sin evidencia de beneficio en supervivencia ni en calidad de vida, y dicha falta de evidencia persiste después de su comercialización. Y los que presentan evidencia de mejora, suele ser de pocos meses de vida, observándose en muy pocas indicaciones una mejora de la calidad de vida. También debería tenerse en cuenta el coste insostenible para el sistema sanitario de todas estas terapias, con un muy elevado incremento anual.

Por último, recordar que cuando aparece cáncer en una persona significa que presenta una predisposición genética, se ha producido un desequilibrio en su organismo y se han dado las condiciones que favorecen su desarrollo. Por tanto, aunque se obtenga éxito mediante una terapia dirigida, no nos olvidemos de cambiar las condiciones y restituir el equilibrio, para evitar el regreso del cáncer.

15. Terapia metabólica en las personas con cáncer

Extracto del artículo

La célula cancerosa aumenta la producción de ATP (energía), acetil-CoA y lactato, para poder cubrir sus necesidades especiales, modificando su metabolismo para generar ATP a partir de la glucosa en el citoplasma (glucolisis y enzimas glucolíticas) y generar lactato (enzimas LDH), producir acetil-CoA a partir de la glutamina (glutaminolisis y enzimas glutaminolíticas) para la síntesis de lípidos, proteínas y ácidos nucleicos, y producir ácidos grasos a partir de acetil-CoA en el citoplasma (enzimas FAS).

Tenemos la seguridad de que la célula cancerosa proliferativa, que crece y ocupa tejidos, necesita más acetil-CoA y mucha energía, presentando estas rutas metabólicas y enzimas sobreactivadas.

La clave está en inhibir el metabolismo sobreactivado de las células cancerosas y, al mismo tiempo, activar el metabolismo mitocondrial de las células normales. Y conocemos bien micronutrientes y fitoquímicos que pueden ayudar a revertir la reprogramación metabólica de la célula cancerosa y mejorar la función mitocondrial.

La opción real y eficaz que tenemos en estos momentos para las personas con cáncer es una terapia metabólica micronutricional. La terapia metabólica farmacológica dirigida es inviable en la práctica.

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La célula cancerosa aumenta la producción de ATP (energía), acetil-CoA y lactato, para poder cubrir sus necesidades especiales, modificando su metabolismo según disponga o no de oxígeno y el grado de disfunción de sus mitocondrias. Debe generar mucho ATP directamente (sin mitocondrias), producir gran cantidad del metabolito acetil-CoA e impulsar, a partir de él, las rutas metabólicas para la síntesis de lípidos, proteínas y ácidos nucleicos (ADN, ARN), además de producir lactato para apoyar este metabolismo, acidificar el medio extracelular e invadir tejidos.

Para conseguirlo, la célula cancerosa debe sobreactivar unas rutas y enzimas metabólicas claves, como serían las utilizadas para:

  • generar ATP a partir de la glucosa (carbohidrato simple) en el citoplasma (glucolisis y enzimas glucolíticas), tanto mas cuanto menor la cantidad de oxígeno disponible y mas afectadas estén las mitocondrias,
  • producir acetil-CoA a partir de la glutamina (aminoácido) parte en citoplasma y parte en mitocondria funcional y disfuncional (glutaminolisis y enzimas glutaminolíticas), para la síntesis de lípidos, proteínas y ácidos nucleicos. Tanto más cuanto menor es la glicolisis.
  • producir lactato al final de la ruta glucolisis (enzimas LDH).
  • producir ácidos grasos a partir de acetil-CoA en el citoplasma (enzimas FAS).

Cambiando el metabolismo en función de la disponibilidad de glucosa y glutamina, y del grado de participación de la mitocondria. Estas alteraciones metabólicas son una causa principal de tumorigénesis, metástasis, y resistencia a las terapias del cáncer.

Los tumores están formados por células diferentes, con diferentes funciones, diferentes grados de malignidad y diferentes potenciales de proliferación, que además pueden cambiar en la evolución, por factores ambientales o debido a los tratamientos aplicados. Por tanto, son heterogéneas y versátiles metabólicamente, con células que dependen energéticamente de la glucolisis, otras de glucolisis y rutas mitocondriales y otras de la obtención de energía mitocondrial. Desde células que cuando se inhibe una ruta metabólica cambian fácilmente a otra compensatoria hasta células en estado de reposo (ciclo lento) que dependen de la energía mitocondrial y cuando se inhibe esta no tienen capacidad para aumentar su glucolisis.

Sin embargo, tenemos la seguridad de que la célula cancerosa proliferativa, que crece y ocupa tejidos, necesita más acetil-CoA y mucha energía. Acetil-CoA para poder sintetizar todos los lípidos, proteínas y ácidos nucleicos (ADN, ARN) que forman sus componentes y estructuras, y mucha energía (ATP) para dicha síntesis. Precisando para ello de una sobreactivación de las enzimas que participan tanto en las rutas metabólicas para la obtención de energía como en las rutas metabólicas para la síntesis de componentes, como son las enzimas glucolíticas, glutaminolíticas, LDH, FAS…; utilizando en mayor medida unas u otras en función de las rutas metabólicas que precise y de sus mutaciones adquiridas y genes responsables. Cuanto más inhibidas estén dichas enzimas claves más difícil lo tendrá la célula cancerosa para sobrevivir, proliferar, invadir tejidos y metastatizar. Y dado que los tumores contienen células distintas metabólicamente y cambiantes, lo óptimo es inhibir el máximo número de estas enzimas, sin inhibir las mismas enzimas de las células normales del cuerpo.

Se podrían investigar diferentes fármacos que actúen en cada una de las enzimas decisivas, y que no presenten toxicidad. Ya se está haciendo, pero se investigan moléculas con acción en una o dos enzimas, ya que es imposible encontrar una que tenga efecto en todas las enzimas clave. Sin embargo, el desarrollo de inhibidores metabólicos sigue siendo muy bajo en oncología comparado con otras terapias, por varios motivos. Uno de estos motivos es la inviabilidad de dominar el crecimiento de un cáncer inhibiendo una sola proteína o enzima, porqué un distintivo del cáncer es precisamente su gran capacidad de adaptarse utilizando otras enzimas y rutas metabólicas, para obtener lo que necesita y escapar del tratamiento. Es lo que ocurre con los fármacos dirigidos a una o varias proteínas, y asociar muchos fármacos no es la solución por la toxicidad y efectos secundarios que representa. No es posible encontrar un fármaco que regule todas las enzimas y rutas metabólicas al mismo tiempo, y además no afecte a las células sanas.

Otro camino a seguir es investigar los micronutrientes, enzimas y fitoquímicos que inhiban estas enzimas, utilizando los que se conoce bien su metabolismo, acciones y efectos secundarios, además de contar con suficiente experiencia clínica. Esta opción tiene la ventaja de ahorrarnos los estudios de toxicidad y seguridad necesarios con moléculas extrañas al cuerpo, y estaremos aportando metabolitos del propio organismo que cuando se dan de forma equilibrada mejoran en la persona la función celular, orgánica y del sistema inmune. Además, no interaccionan con los tratamientos oncológicos aplicados, sino que, por el contrario, reducen sus efectos secundarios y potencian su acción anticancerígena al sensibilizar a las células cancerosas.

La clave está en inhibir el metabolismo sobreactivado de las células cancerosas y, al mismo tiempo, activar el metabolismo mitocondrial de las células normales. Lo cual no es posible mediante fármacos, no existen fármacos que mejoren la función mitocondrial. El método Dr. Cardona puede conseguirlo en parte, pero precisa adicionar micronutrientes para reforzar todavía más las rutas metabólicas mitocondriales, junto a otros micronutrientes y fitoquímicos específicos que inhiban también las enzimas metabólicas clave sobreactivadas de las células cancerosas. Así podemos conseguir mejorar en el organismo la energía mitocondrial, el sistema inmune y el exceso de oxidación-inflamación, al tiempo que reducimos la energía y producción de acetil-CoA en las células tumorales. Revertir la reprogramación metabólica mediante la estrategia expuesta resulta muy atractivo porque, al mejorar la función mitocondrial, se puede: evitar la trasformación de células normales en tumorales, ayudar a convertir algunas células de tipo canceroso en normales e inducir la apoptosis en otras. En cuanto a la posibilidad teórica de que al impulsar las mitocondrias también impulsemos la proliferación de algunas células cancerosas con mitocondrias funcionales, en la práctica no parece ser así. Por el contrario, cuando el paciente presenta síntomas y parámetros reveladores de disfunción mitocondrial, exceso de oxidación-inflamación y debilidad del sistema inmune, pocas veces responde favorablemente al tratamiento oncológico en calidad de vida y supervivencia, si el médico no es capaz de lograr una remisión de dichos síntomas y parámetros. Por tanto, ante un paciente deteriorado por la enfermedad y los tratamientos agresivos, no hay otra opción que activar sus mitocondrias, o no sobrevivirá mucho tiempo.

En mi opinión, la opción real y eficaz que tenemos en estos momentos es una terapia metabólica micronutricional. La terapia metabólica farmacológica dirigida es inviable en la práctica.

Conocemos bien micronutrientes y fitoquímicos que pueden ayudar a revertir la reprogramación metabólica de la célula cancerosa, como son por ejemplo: ácido hidroxicítrico, ácido R-lipoico, omega 3 DHA, omega 6 GLA, EGCG, silimarina… etc., moléculas que inhiben específicamente varias de las enzimas de las rutas metabólicas clave, sin afectar negativamente a las células no cancerosas del cuerpo. Al contrario, si resulta que estas últimas están dañadas, con disfunción mitocondrial y baja energía, apoyarán su reparación y regeneración, como se ha demostrado con cientos de estudios y su aplicación a miles de personas sanas y enfermas. Las células transformadas en cancerosas son mucho más sensibles a la inhibición de las enzimas clave comentadas, en parte debido a que las presentan sobreactivadas. Esto explica que el enfoque terapéutico micronutricional pueda inhibir la actividad metabólica de la célula cancerosa y, al mismo tiempo, activar el metabolismo mitocondrial de la sana.

La terapia dirigida del cáncer debería enfocarse más hacía la corrección del metabolismo celular, sistema inmune y exceso de oxidación-inflamación, mediante conjuntos de moléculas micronutricionales y de la naturaleza seguras. Esto no significa renunciar a los tratamientos oncológicos convencionales, sino simplemente que lo oncólogos tengan en cuenta lo expuesto. Así podrían reducir el número y las dosis de fármacos y terapias, aumentar su eficacia y reducir efectos adversos.

La enfermedad aparece sencillamente porque la persona presenta una combinación de genes que la predisponen a ella (genes responsables) y en su cuerpo se ha perdido el equilibrio: desequilibrios micronutricionales, exceso de moléculas tóxicas y descontrol de la oxidación-inflamación; debido a factores externos causales como la inadecuada alimentación, el exceso de tóxicos y radiaciones, las infecciones, la falta de actividad física  y los factores estresantes y emocionales; “poniendo en marcha” los genes responsables. Diagnostiquemos y corrijamos dichas causas externas y bioquímicas en la persona, y veremos como la gran mayoría de procesos patológicos remiten por completo, y ya no son crónicos ni incurables.

16. Micronutrición en el tratamiento oncológico convencional

Extracto del artículo

Antes de que se presenten cambios evidentes como la atrofia muscular, en la persona con cáncer que sigue tratamientos oncológicos se han observado insuficientes niveles de muchos de los micronutrientes básicos: vitaminas en formas activas, minerales esenciales, coenzima Q10, ácido lipoico, omega 3 (ALA, EPA, DHA), omega 6 (GLA), y aminoácidos esenciales y semiesenciales. También de otros micronutrientes como la carnitina.

El estado nutricional de la persona con cáncer va a ser decisivo para su respuesta al tratamiento oncológico y para su curación.

La administración de los micronutrientes básicos en equilibrio resulta muy beneficiosa para el paciente oncológico, y no solo no influyen negativamente en las terapias oncológicas convencionales (cirugía, quimioterapia, hormonoterapia, radioterapia, terapias dirigidas del cáncer…), sino que potencia su efecto y reduce efectos indeseables.

Considero urgente que los oncólogos se abran a los beneficios de la micronutrición y alimentación en el abordaje del cáncer.

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La situación con las terapias complementarias en oncología es la siguiente:

  • La mayoría de personas diagnosticadas de cáncer siguen algún tipo de terapia no convencional, que incluye la toma de suplementos y dietas específicas. Y la gran mayoría de ellos están satisfechos.
  • La gran mayoría de oncólogos no recomiendan el consumo de suplementos.
  • Son muchos los pacientes tratados con terapias complementarias o alternativas que esconden al oncólogo dichos tratamientos.
  • La gran mayoría de los tratamientos complementarios están aplicados por profesionales no médicos.

El estado nutricional de la persona con cáncer va a ser decisivo para su respuesta al tratamiento oncológico y para su curación.  Si la alimentación es inadecuada, se afecta al sistema inmune y las funciones de los órganos del cuerpo, la eficacia de todos los tratamientos oncológicos (quimioterapia, inmunoterapia, radioterapia, cirugía…) se reduce, aumentando sus efectos secundarios y complicaciones. En pacientes desnutridos, no solo de macronutrientes (calorías, carbohidratos, grasas y proteínas) sino de micronutrientes, empeora la calidad de vida física y mental y aumenta la mortalidad. Una gran mayoría de los pacientes con cáncer siguen una dieta inadecuada, y muchos siguen una dieta procancerígena, sin que ningún profesional les advierta, simplemente por desconocimiento. Incluso, algunos pacientes con signos externos de desnutrición, son animados por sus médicos y nutricionistas convencionales a comer lo que mas les apetezca.

Antes de que se presenten cambios evidentes como la atrofia muscular, en la persona con cáncer que sigue tratamientos oncológicos se han observado insuficientes niveles de muchos de los micronutrientes básicos: vitaminas en formas activas, minerales esenciales, coenzima Q10, ácido lipoico, omega 3 (ALA, EPA, DHA), omega 6 (GLA), y aminoácidos esenciales y semiesenciales. También de otros micronutrientes como la carnitina. Este desequilibro micronutricional se produce por la enfermedad y por los tratamientos aplicados, y su primera consecuencia es el aumento del estrés oxidativo que implica siempre un exceso de inflamación. Precisamente lo que más preocupa porque abona el terreno para el crecimiento y expansión de la enfermedad. Pero las consecuencias no son solo un aumento de la oxidación-inflamación, también se inhibe la función mitocondrial en los órganos vitales: corazón, pulmón, hígado y riñón, y se inhibe el sistema inmunitario, tan necesario para atacar a las células cancerosas.

La insuficiencia de micronutrientes en la persona con enfermedades de larga evolución es constante, debido a varias causas que a menudo se sobreponen: ingesta baja, inhibición en la síntesis de formas activas, aumento de las necesidades por fármacos utilizados, tóxicos, radiaciones, exceso de inflamación… y una causa que pocos profesionales conocen: el estrés y las emociones negativas. La energía que ocasionan puede afectar la forma y función de las proteínas de membrana de las que depende el paso de nutrientes al interior de la célula, afectando sus niveles, como explico en otro apartado.

La administración de los micronutrientes básicos en equilibrio resulta muy beneficiosa para el paciente oncológico. Se ha demostrado en varios estudios, incluido uno de Mayo Clinic con 1129 pacientes, que aplicar diversos conjuntos de micronutrientes al paciente con cáncer: mejora el sistema inmune, reduce los efectos adversos de los tratamientos oncológicos (pérdida de apetito, náuseas, vómitos, molestias abdominales, pérdida de cabello, debilidad, malestar general…), aumenta la supervivencia, mejora la calidad de vida y reduce la mortalidad. Además, varios estudios han demostrado que los micronutrientes reducen la proliferación celular y mejoran la respuesta al tratamiento oncológico, al tiempo que bajan su toxicidad.

Por ejemplo, la deficiencia de vitamina D es muy común en pacientes con cáncer y está implicada en su manifestación y evolución. Cuanto más bajos son los niveles, más riesgo de cáncer y cuando ya se padece, peor es su evolución. Por el contrario, al corregir los niveles de 25 (OH) D (vit D) a 60–80 µg, el riesgo baja marcadamente y la evolución mejora, reduciéndose los efectos secundarios de la terapia oncológica. Además, muchos tratamientos para el cáncer afectan los niveles de vitamina D. Pero la vitamina D no debe verse sola, sino junto a la vitamina K2 y el magnesio. Los micronutrientes básicos deben verse siempre como un conjunto. Son moléculas que forman parte del metabolismo celular y no actúan aisladamente ni existen deficiencias de uno solo de estos micronutrientes. Forman un extenso “equipo” molecular que interacciona entre sí y debería investigarse y administrarse en conjunto. Su manejo es distinto al de las moléculas externas y extrañas al organismo como son los fitoquímicos (de plantas) y fármacos, administrados para conseguir un efecto específico en el cuerpo pero que también activan o inhiben otras moléculas de forma no deseada, y pueden tener efectos indeseables e interacciones con tratamientos.

Los suplementos con micronutrientes no influyen negativamente en las terapias oncológicas convencionales: quimioterapia, hormonoterapia, terapias dirigidas del cáncer… El Instituto Americano de Investigación del Cáncer (AICR) no dice que los pacientes con cáncer que siguen terapias oncológicas no tomen complementos nutricionales con vitaminas y minerales, sino que aconseja no superar la ingesta máxima tolerable por día (UL). Por ejemplo, la UL para la vitamina C es de 2000 mg, vit. D 50 µg (2000 u), vit E (alfatocoferol) 100 mg, magnesio 350 mg, calcio 2.500 mg, zinc 40 mg, selenio 400 µg… Dosis alcanzadas por la medicina ortomolecular pero no por la medicina micronutricional que defiendo. Sin embargo, todavía la controversia en oncología sigue, debido a un desconocimiento en este campo médico, y la mayoría de oncólogos aún desaconsejan la administración de suplementos de micronutrientes y antioxidantes durante las terapias del cáncer debido a que en la acción de algunas de ellas están implicados los radicales libres. Sin embargo, el mecanismo de acción de la gran mayoría de terapias oncológicas no es principalmente mediante el estrés oxidativo, y en revisiones sistemáticas se concluye que los suplementos con nutrientes antioxidantes no actúan negativamente con la quimioterapia. Los oncólogos aconsejan no tomar suplementos nutricionales, a menudo sin analizar bien por qué ni cuales, y curiosamente sin haber estudiado medicina micronutricional cuando es tanto o más relevante y decisiva para el paciente que la medicina farmacológica.

Otra cuestión es la fitoterapia con extractos de plantas y fitoquímicos. En este caso, algunos de ellos si pueden ocasionar interacciones negativas con los tratamientos oncológicos, además de resultar difícil para el profesional conocer realmente todas las moléculas que está aportando al paciente. En personas con cáncer la fitoterapia debería estar aplicada por médicos expertos que conozcan bien las interacciones con los tratamientos oncológicos, informando al oncólogo del paciente.

Considero urgente que los oncólogos se abran a los beneficios de la micronutrición y alimentación en el abordaje del cáncer. Deben darse cuenta de que muchos de sus pacientes que siguen una mala evolución a pesar del tiempo y esfuerzos dedicados a ellos, es por: desequilibrios micronutricionales + toxicidad. Y es imperativo corregirlos, por encima de todas las demás consideraciones, para darles una oportunidad de mejorar.

17. Test genéticos para la detección del riesgo de cáncer

Extracto del artículo

Los test genéticos vía directa al consumidor o por un profesional no experto en genética no son aconsejables.

Cuando se considere necesario un estudio genético en la persona, por sus antecedentes familiares y características clínicas, siempre es un médico genetista el que debe dirigir el estudio e interpretar los resultados.

En el caso de una persona ya diagnosticada de cáncer, los estudios genéticos son una importante herramienta implicada en la terapia dirigida aplicada por el oncólogo.

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Actualmente pueden realizarse análisis genéticos relacionados con el cáncer:

  • vía directa al consumidor,
  • a través de profesionales de diversas especialidades,
  • formando parte de la consulta de genetistas o
  • de los oncólogos que tratan a una persona con cáncer.

Los test genéticos vía directa al consumidor o por un profesional no experto en genética no son aconsejables por diferentes motivos:

  • Actualmente solo sabemos interpretar una parte del genoma. Algunas variantes genéticas indican un riesgo importante, otras apenas lo predicen, otras no indican nada, y la mayoría tienen un significado desconocido.
  • Los test comerciales utilizan polimorfismos diferentes, y los resultados de una misma muestra mandada a laboratorios diferentes pueden ser contrarios. Solo deberían realizarse los test genéticos más validados, y en laboratorios de calidad evaluados.
  • Estos test genéticos pueden dar falsos positivos al cáncer, con un porcentaje muy elevado de variantes erróneas.
  • Una misma variante genética puede ser interpretada de forma totalmente diferente según el laboratorio y el profesional, hasta el punto de que unos pueden considerar poco riesgo y otros recomendar cirugía.
  • El resultado del test genético indica un riesgo de cáncer igual o menor al de la población general, o detecta variantes que advierten de un riesgo aumentado de cáncer; pero no tiene en cuenta otras variantes genéticas que pueden proteger del cáncer, otras que pueden incrementar el riesgo… Ni tampoco tienen en cuenta la gran influencia en cómo se expresarán estos genes de los factores bioquímicos comentados dependientes de factores externos causales como la alimentación, los micronutrientes, los tóxicos, las radiaciones, la actividad física, el sueño, el estrés y las emociones.

Por tanto, la mala interpretación de los resultados genéticos puede aumentar de manera innecesaria la ansiedad y preocupación de la persona, o provocar una falsa seguridad que le lleve a no modificar favorablemente los factores externos causales de cáncer.

Cuando se considere necesario un estudio genético en la persona, por sus antecedentes familiares y características clínicas, siempre es un médico genetista el que debe dirigir el estudio e interpretar los resultados. 

En el caso de una persona ya diagnosticada de cáncer, los estudios genéticos son una importante herramienta implicada en la terapia dirigida aplicada por el oncólogo. Aunque debe tenerse en cuenta que los riesgos genéticos se valoran en base a estudios y seguimientos de personas que no han modificado sus condiciones causales, ni han aplicado medicina micronutricional, precisamente lo que más influye en la expresión de los genes responsables del cáncer.

18. Nociones a tener presentes la persona con cáncer

Extracto del artículo

Si le han diagnosticado un cáncer, debe ponerse en manos de un oncólogo con el que se produzca una buena sintonía y comunicación.

Además del diagnóstico clínico basado en las pruebas habituales de diagnóstico por la imagen y de anatomía patológica, resulta cada vez más útil y necesario el diagnóstico genético del cáncer. Pídaselo a su oncólogo.

Una vez diagnosticado el proceso que padece, le aconsejo acudir a un médico de medicina micronutricional (micronutrición), para diagnosticar los factores bioquímicos de riesgo y los factores externos causales, e indicarle la terapia micronutricional, aconsejándole sobre alimentación, ejercicio físico, sueño, estrés y emociones.

Igual de importante para una evolución favorable es eliminar y destruir células cancerosas como preservar y mejorar sus células sanas, las funciones de sus órganos y el sistema inmune.

La terapia micronutricional aumenta la eficacia del tratamiento convencional y reduce el daño que produce en las células y órganos sanos, evitando efectos secundarios y secuelas patológicas.

La micronutrición no es fitoterapia ni medicina complementaria o alternativa, es simplemente una rama o especialidad médica que debería integrase en el tratamiento convencional del cáncer y de cualquier enfermedad.

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Si le han diagnosticado un cáncer, debe ponerse en manos de un oncólogo, a poder ser con el que se produzca una buena sintonía y comunicación. Dicho oncólogo junto a diversos colaboradores: cirujanos y otros especialistas, diagnostican el tipo, estadio y grado de cáncer que padece, e indican el tratamiento convencional que debe aplicarse: quimioterapia, inmunoterapia, radioterapia, hormonoterapia, cirugía… etc. Usted y sus familiares deben ser informados en profundidad de la enfermedad que padece y de los posibles tratamientos con todos sus riesgos, respetando siempre sus opiniones y las decisiones que tomen.

Además del diagnóstico clínico basado en las pruebas habituales de diagnóstico por la imagen y de anatomía patológica, resulta cada vez más útil y necesario el diagnóstico genético del cáncer, no solo para conocer el tipo de cáncer desde el punto de vista genético, sino también para conocer el riesgo de metástasis, así como, el tratamiento que debe aplicarse. Un cáncer puede ser de alto riesgo clínico, pero de bajo riesgo genético, o al contrario, siendo el diagnóstico genético fundamental para decidir la opción terapéutica. El tratamiento convencional del cáncer debe decidirse en función del diagnóstico histológico y clínico y del diagnóstico genético. Si usted no dispone de este último, pídale a su oncólogo que le explique el motivo.  

Una vez diagnosticado el proceso que padece, le aconsejo acudir a un médico de medicina micronutricional (micronutrición), para diagnosticar los factores bioquímicos de riesgo y los factores externos causales, e indicarle la terapia micronutricional, aconsejándole sobre alimentación, ejercicio físico, sueño, estrés y emociones. En ocasiones es también necesario acudir a un especialista en control del estrés y las emociones por diversos métodos, como por ejemplo la técnica psicológica: Psych-K. La medicina micronutricional no es medicina alternativa ni complementaria, es una rama esencial de la medicina (tan o más importante que la farmacología) pero marginal en la carrera de medicina y en las distintas especialidades, con un preocupante déficit de conocimientos en los estudiantes y médicos según un reciente estudio. Estamos en una etapa incipiente de esta especialidad médica por diversos motivos, pero es inaplazable la formación en micronutrición en el mundo médico, y la divulgación de la investigación, los avances y los excelentes resultados obtenidos con micronutrientes y sus metabolitos. En un paciente, es tan necesario corregir mediante fármacos parámetros vitales alterados como corregir sus desequilibrios micronutricionales, y esto no es medicina complementaria.

A continuación, viene lo más complicado: que oncólogo y experto en micronutrición se entiendan y actúen en equipo. Óptimamente deberían trabajar juntos para logran una máxima eficacia y mínimos efectos adversos, pero esto pocas veces ocurre, y cada uno actúa por separado. Muchos médicos de medicina convencional no aceptan lo que no tiene una explicación fisiológica que sea acorde con lo que saben. Y muchos médicos de medicina complementaria no aceptan los fármacos ni las terapias agresivas. Deberían comprender que la parte médica micronutricional y causal es insustituible, y que los diagnósticos y tratamientos convencionales son necesarios para controlar a muchos pacientes, formando ambos partes de una medicina eficaz y con posibilidades de curar al paciente. No es bueno para usted que el oncólogo no sepa las otras terapias que sigue, ni que el medico de terapia micronutricional no sepa los tratamientos convencionales aplicados. Ambos especialistas deberían respetarse y aceptarse.

Si su oncólogo considera indicada la cirugía, debe aplicarse para eliminar las máximas células cancerosas de su cuerpo, y también debe intentarse su destrucción mediante terapias oncológicas. Pero igual de importante es preservar y mejorar: sus células sanas, las funciones de sus órganos y el sistema inmune, o la evolución no será favorable. Por más correcta y avanzada que sea la terapia que le aplican, no puede tener éxito a largo plazo si su organismo no está en condiciones de superar la enfermedad y, además, el contexto sigue facilitando la expansión del cáncer. Una relación entre neutrófilos/linfocitos superior a 2 con linfocitos bajos; plaquetas bajas; LDH, VSG y PCR elevados; síntomas clínicos de deterioro físico y psíquico…; son algunos indicadores de que en su organismo hay un exceso de inflamación, una disfunción mitocondrial y una alteración del sistema inmune, revelando que la enfermedad no está controlada y las células madre del cáncer pueden activarse. Podría incluso estar el cáncer bien controlado de acuerdo con las pruebas habituales en oncología, pero no estarlo el estrés oxidativo ni la inflamación, siendo la causa bioquímica de inesperadas complicaciones, mala evolución o recidivas. Si este es su caso y le siguen aplicando terapias oncológicas agresivas, será difícil que su evolución sea favorable. Alguien debe mejorar su inflamación, función mitocondrial y sistema inmunitario, para hacer posible vencer la enfermedad. Y este alguien es el médico de medicina micronutricional, el oncólogo no es experto en este campo. Aunque lo ideal sería que actuaran conjuntamente.

Debe saber que la terapia micronutricional aumenta la eficacia del tratamiento convencional y reduce el daño que produce en las células y órganos sanos, evitando efectos secundarios y secuelas patológicas. Lo que puede permitir reducir dosis y podría evitar la necesidad de aplicar algunas de las terapias agresivas, así como, nuevos tratamientos para las secuelas ocasionadas. Se ha demostrado que la quimioterapia a dosis más bajas y más frecuentes que las habituales puede ser más eficaz al no afectar al microambiente tumoral y reducir la toxicidad. Por otra parte, cuando el riesgo genético del cáncer no es muy elevado, la aplicación de una adecuada micronutrición podría ayudar a optar por no aplicar o reducir los tratamientos convencionales tóxicos.

La elevada resistencia del cáncer a los tratamientos convencionales con resultados poco satisfactorios en sobrevivencia y calidad de vida, es la conclusión de estudios realizados en personas tratadas sin terapia micronutricional. Estoy convencido de que los resultados estadísticos serían más positivos aplicando, al mismo tiempo, dicha terapia. El cáncer que padece no puede vencerse únicamente atacando a sus células cancerosas, es imprescindible crear unas condiciones que les dificulte al máximo surgir, sobrevivir, crecer y extenderse, apoyando al mismo tiempo a las células sanas, de las que también depende la evolución del cáncer. Si su oncólogo está completamente cerrado a aplicar micronutrición, debe considerar cambiar de especialista, para no tener problemas con su calidad de vida, la evolución de su enfermedad y las secuelas de los tratamientos aplicados. Pero de igual modo le digo que si el médico de medicina micronutricional está cerrado y en contra de la medicina convencional, considere también cambiar de profesional.

Por último, decir que la micronutrición debería simplemente integrase en el tratamiento convencional del cáncer y de cualquier enfermedad. En medicina, la experiencia es más útil en la práctica clínica que los estudios, aunque estos sean necesarios. El acúmulo de experiencia es equivalente a evidencia y la falta de evidencia por estudios no significa falta de efectividad, y en muchos problemas de salud existen tratamientos micronutricionales con suficiente experiencia para afirmar que ayudan a solucionarlos, y ya no precisan inversión en I+D. En ellos no se precisan los cientos de millones de euros necesarios para buscar soluciones sin conocer si se encontrarán, y bastaría con validarlos, pero para esto haría falta dinero desinteresado o público ya que la mayoría de veces no es posible una patente con sus beneficios económicos. En mi opinión, para avanzar realmente en los resultados obtenidos, el tratamiento oncológico convencional debería siempre incorporar la micronutrición y reducción de toxicidad. Así se actuaría sobre: los factores externos causales, la salud general de la persona y sus funciones orgánicas, el sistema inmunitario global, el exceso de oxidación-inflamación, los cambios bioquímicos causales comunes, y el microambiente tumoral. Se abrirían nuevas vías de investigación distintas a las focalizadas en terapia molecular dirigida con patentes y beneficios, pero muy necesarias y útiles para el paciente oncológico. Mejoraría la evolución de los pacientes, y los clínicos y científicos se animarían a realizar seguimientos y estudios para investigar nuevos protocolos de terapia micronutricional, y averiguar cuáles de los protocolos convencionales establecidos son realmente útiles y es necesario aplicar, posibilitando su modificación e individualización para conseguir una menor agresividad y una mayor eficacia en la supervivencia y calidad de vida de las personas afectadas.

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