El tipo, la cantidad y la calidad de grasa consumida está relacionada con la aparición y el desarrollo de cáncer.

Se dispone de muchos datos que demuestran que en los animales cebados con regímenes alimentarios altos en grasas y energía, desarrollan tumores en la glándula mamaria, intestino, piel y páncreas, más fácilmente que en los animales alimentados con regímenes de bajo contenido de grasas. Estos datos concuerdan con los estudios realizados en humanos, que relacionan el exceso de grasas y energía con el cáncer mamario, de colon, páncreas y próstata.

Pero los estudios realizados en humanos, han mostrado una cosa más. Existen diferencias a nivel mundial en cuanto al porcentaje de cáncer y la ingesta de grasas a través de la dieta. Se ha observado una menor incidencia de diversos tipos de cánceres en países del área mediterránea que en otros países del norte de Europa y Estados Unidos, aspectos que llaman la atención si tenemos en cuenta que la ingesta media de grasa en los países mediterráneos es, en algunos casos, muy superior al resto de países. Esto se debe fundamentalmente a que las grasas mayoritarias en los países Mediterráneos proceden de aceites vegetales como aceite de oliva, frutos secos, semillas y pescados azules, mientras que en otros países, predominan aceites de soja, maíz, canola y poco consumo de pescados azules y frutos secos. Esto demuestra que no todas las grasas son iguales. El tipo, la cantidad y la calidad de grasa ingerida, influye más o menos en el aumento del tejido adiposo (grasa visceral y subcutánea), aumento de peso y su relación con la aparición y el desarrollo de cánceres.

El tipo de grasas consumidas son uno de los factores más relevantes en el control de la inflamación crónica de bajo grado y las patologías relacionadas, como es el caso del cáncer.

En el artículo anterior hablábamos del cáncer y la inflamación crónica de bajo grado, y cómo algunos factores dietéticos eran proinflamatorios y otros, al contrario, antiinflamatorios. Las grasas consumidas, pueden ejercer una u otra acción y han demostrado ser uno de los factores más relevantes. Conocerlas y consumirlas en equilibrio, puede ayudar a controlar la inflamación de bajo grado. Y es que actualmente hay un exceso de consumo de omega 6 vegetal de baja calidad y exceso de ácido araquidónico, los cuales, producen moléculas que son proinflamatorias, siendo perjudicial en todas aquellas patologías que tengan relación con la inflamación crónica de bajo grado, como el cáncer. Por el contrario, los omega 3, tanto los presentes en fuentes vegetales (semillas de lino, de chía, de cáñamo, de algas…), como las animales (pescados de aguas profundas y frías y marisco), producen moléculas antiinflamatorias, contrarrestando los efectos del exceso de la primera familia de ácidos grasos. Es por ello, que es muy importante para controlar la inflamación, consumir una relación omega 6:omega 3 de 5:1, por ejemplo, puesto que la alimentación actual occidental se sitúa en 20:1 o 15:1. (Fig.1).

Fig 1.- Vía de los ácidos grasos omega 6 y 3. De la vía omega 6, en general, se producen moléculas proinflamatorias, mientras de la vía omega 3, se generan moléculas antiinflamatorias. Si existe un desequilibrio en el consumo de estos alimentos, el medio celular puede estar más o menos inflamado, siendo un terreno favorable o desfavorable para el crecimiento y progresión del cáncer.

El consumo equilibrado de las adecuadas grasas omega 6 y omega 3 junto a la restricción de grasas saturadas y trans, puede ayudar a inhibir el crecimiento tumoral.

Las grasas están presentes en ciertas fases críticas de la carcinogénesis. En general, las dietas altas en grasa, sobre todo saturadas y omega 6 de baja calidad, son fundamentalmente promotoras del cáncer como el de mama, aunque dietas con una misma cantidad de energía, pero con determinados tipos de ácidos grasos y bajas en azúcares, pueden modular esa capacidad estimuladora. Así, los ácidos grasos poliinsaturados omega 6 presentes en aceites vegetales como los de maíz y soja, y los productos transformados/manipulados que los contienen, son en cierta forma, promotores de la carcinogénesis. Las grasas presentes en carnes, lácteos y productos cárnicos procesados, como el ácido araquidónico y grasas saturadas, también. Además, se ha descrito que estos dos tipos de grasas podrían actuar también como cocarcinógenos durante la iniciación, es decir, facilitando la acción de los agentes tóxicos que alteran a nuestro material genético.

Sin embargo, hay un ácido graso especial derivado de la familia de los omega 6, el ácido γ-linolénico (GLA), que supone una excepción dentro de esta familia, ya que posee propiedades antiproliferativas. Este ácido graso se encuentra fundamentalmente en el aceite de onagra y su consumo a través de los alimentos es bajo, casi nulo. Solo se producen concentraciones más elevadas vía la suplementación con complementos alimenticios de calidad. Por otro lado, los ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga omega-3 como el ácido eicopentaenoico (EPA) y el ácido docosahexaenoico (DHA), presentes en el pescado azul (sardina, caballa, salmón, etc.) y sintetizados también a partir del ácido α-linolénico (ALA), presente en algunos aceites vegetales como el de chía o lino, serían inhibidores del crecimiento tumoral. Por otra parte, las grasas trans presentes en margarinas y productos de pastelería y panadería, parecen comportarse como los saturados, como cocarcinógenos.

El cáncer se desarrolla y se propaga si el entorno resulta favorable y nutritivo para estas células. Por ello, es muy importante tener un terreno o ambiente lo máximo de hostil para estas células y lo máximo favorable para las células sanas.

El PDF Clasificación Funcional de los Alimentos (CFA) de este blog permite conocer de cada alimento su relación con: carbohidratos azúcares, carbohidratos almidón, proteínas vegetales, proteínas animales, grasas omega 3, omega 6 y omega 9, grasas saturadas, fitoquímicos, glucosa, insulina, fructosa, lactosa, gluten, sal y tóxicos (incluyen las grasas trans).

REFERENCIAS

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